lunes, 18 de mayo de 2009

Conexiones

Por María Pia López

A partir de la tecnología aplicada a la ciencia y a los medios de comunicación, morir no es lo que era. Tomando como punto de partida al difunto Papa y a Terri Schiavo, esta nota hace foco en cómo los cuerpos y sus representaciones han sido transformados sin retorno.

La revista Barcelona suele provocar risas incómodas: no hay medios tonos y es evidente que el humor no es retirada. En una de sus últimas tapas puso a dos agonizantes famosos enlazados en un supuesto antiguo romance: el Papa y Terri Schiavo. La muerte pública suele llevar conmemoraciones y fastos, más raro es que se coloque como incitación a la risa común o al festín burlesco.
Hay distintos modos de tratar la muerte humana, que provienen de filosofías diferentes. Uno, el que supone que es un momento de lo sagrado –no necesariamente de lo religioso– que solicita una asunción silenciosa de eso que se le ha restado al mundo. Otro, el que la reinscribe en el terreno de los aconteceres naturales cuya ocurrencia es necesario acatar con sabiduría cósmica. No son los únicos, aunque sí los que se derivan de interpretaciones generales sobre el significado del hombre sobre la tierra. Los hay también más rituales –en los que la muerte se trata en el plano de las costumbres– o más signados por las particularidades de las creencias religiosas.
Las dos muertes de los personajes enlazados por Barcelona permiten hacer foco sobre el trato con los dilemas de la autoconservación y del momento final. Un trato que involucra las posibles relaciones entre los cuerpos y las tecnologías médicas y comunicacionales.
En el caso de la mujer norteamericana, mostró la tecnología como supletoria de las facultades vitales. La “desconexión” era la reducción a las posibilidades que su cuerpo desnudo aún tenía: la muerte. Si no se piensa la muerte como lo otro posterior a la vida, la muerte es algo que va tomando y reorganizando las distintas fuerzas de un cuerpo. El uso médico de la tecnología va supliendo esas funciones o fuerzas fenecidas con aparatos. Hasta que –como en el caso de Schiavo– la idea de vida que se puede afirmar es la de un hálito sutil o de un reflejo.
La vida funcionando a través de sustitutos mecánicos y cesando cuando ellos se desconectan es el modo final y extremo de una sustitución más general de funciones humanas por capacidades maquínicas. Y no lo digo para llorar sobre alguna idílica plenitud corporal, sino para señalar que hoy nuestros cuerpos están asociados a máquinas; estos dedos que en este momento se deslizan sobre teclas no tienen fuerza para aporrear una vieja máquina de escribir, ni rememoran la sensación de la lenta escritura manuscrita. Están asociados a tecnologías que acondicionan el clima de los ambientes, que los trasladan de distintos modos –desde los ascensores a los aviones–, que suplen procesos laboriosos o que atenúan las huellas del dolor o de la edad. Nuestros cuerpos están en una urdimbre tecnológica, en ella se reconocen y desplazan.
Porque de la otra muerte que mencionamos, algún deudo pudo decir que prescindió de esos aparatajes de supervivencia –de respiradores, sondas y demás suplementos– y se entregó a su destino biológico. Vendría de perillas esa idea de una entrega tranquila a la naturaleza. Sólo que la muerte papal no estuvo menos vinculada a la tecnología que la de la norteamericana. La tecnología médica sí estuvo menos presente, pero para ceder el lugar a la gran tecnología bajo la cual se expandió y circuló, durante décadas, el cuerpo del Papa: la de las comunicaciones. Muerte comunicada es muerte sujeta a los modos de producción de la tecnología. Y si en sus usos médicos decíamos que la tecnología cumplía funciones supletorias –venía, hasta ahora porque no sabemos lo que vendrá, a reemplazar lo dañado–, en sus usos comunicacionales la tecnología es pura ampliación. No sustituye una potencia dañada, expande la existente: una voz puede ser escuchada fuera de su alcance, una escena puede ser vista fuera de las dimensiones del ojo humano. Los medios de transporte mecánicos permitieron la transformación de la noción de espacio. Sobre su huella, pero de formas mucho más radicales, la radio, el teléfono, la televisión, el fax, la internet, hacen posible una superación persistente de los límites de los sentidos y de las coordenadas de tiempo y espacio.
La metáfora de la desconexión atañe a ambos modos de relación entre el cuerpo y la invención técnica. Eutanasia y vacaciones con todo su evidente antagonismo, pueden ser nombres de ese separar al cuerpo de su medio ambiente tecnológico, de abandonarlo a sí mismo o de suspender la sumisión a los sistemas de uso y exigencia que los objetos conllevan. Desconexión supone la imagen de un cuerpo que se desprende de esos atributos donados por la tecnología: tanto para morir finalmente como para intentar bucear en sus propias ocultas potencias.
No se percibe poca ingenuidad en esas buscadas suspensiones, aunque es evidente que algo del orden de la dignidad se juega en ellas. Tanto en la obscenidad de una agonía puesta en escena por los medios como en el absurdo de una vida reducida a una función vegetativa, se perciben resquebrajamientos en la idea misma de dignidad humana. Los modos críticos de intervención cultural pueden señalar esa indignidad –denunciar, reír, desarmar– o también mostrar sus contracaras. Algo de eso parece persistir en la fuerte artesanía que es el teatro, en sus formas de despojo frente a la tecnología, en su concentración sobre esos cuerpos desvalidos, finalmente, que coloca en escena. Su renuencia lo hace poco contemporáneo, pero también milagroso.

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