miércoles, 8 de junio de 2011

La producción ejecutiva

Por Gustavo Schraier


“… Sí, la producción, esa mezcla de creación y administración de los bienes, es una muy delicada profesión y un ejercicio muy sofisticado para lograr la concreción del ‘cómo’ de la puesta en escena...”

Mauricio Jiménez, revista Paso de Gato

“…Se puede decir que el productor ejecutivo es un materializador de sueños, pues ayuda a concretarlos y a hacer posible su realización”.

Marisa de León. Espectáculos escénicos. Producción y difusión.

Esta nota tiene el humilde propósito de ofrecerles una mirada personal y reflexiva sobre lo que considero ha sido la inserción y la evolución de la producción ejecutiva en la escena alternativa de la última década, desde mi perspectiva como productor y docente de la especialidad.

Ahora bien, antes de tratar sobre los temas de este artículo me parece que es necesario preguntarnos primero sobre algunas cuestiones que creemos conocer bien pero de las que, en realidad, sólo tocamos de oído, como por ejemplo: ¿a qué denominamos producción?, ¿qué hace un productor ejecutivo?

I

Si bien es cierto que el término producción se utiliza en las artes escénicas para denominar varias cosas distintas, también es verdad que muchas de esas denominaciones suelen ser erráticas, confusas e inciertas; a la producción se la ha pensado poco y mal en Argentina.

Por todo eso, y para despejar algunas dudas, les propongo que pensemos inicialmente a la producción como un proceso. Un proceso en el que confluirán una serie de prácticas artísticas, técnicas y administrativas que un conjunto organizado de individuos “llevaremos adelante” aportando capital y/o trabajo con la intención de alcanzar una meta específica: la materialización de una idea (de un sueño) en una obra, en un espectáculo o en un producto escénico, a ser presentado ante un público específico y durante un tiempo determinado.

Un proceso en el que todos y cada uno de los que participamos de ese “llevar adelante” deberíamos asumir, de una vez por todas, nuestra condición de productores de esa futura creación escénica, sin importar el rol o la responsabilidad específica que tengamos en el entramado productivo. Pero entonces, si todos somos productores…, ¿qué pito toca el productor ejecutivo? Y así, arribamos a nuestro segundo interrogante.

Brevemente podría decir que el productor ejecutivo es un especialista que, entre muchas otras funciones, tiene la de traducir las ideas de los promotores de un proyecto (director, empresario, institución o colectivo teatral, según sea el caso) en un conjunto de estrategias y de acciones específicas que conduzcan, por un camino concreto y planificado, a la materialización de esa idea y a la posterior vinculación del producto escénico resultante con su entorno.

El productor ejecutivo es –me gusta pensarnos de ese modo también– como un nexo o un vaso comunicante entre los equipos creativo, artístico, técnico y ese “llevar adelante”, entre las ideas y los hechos, entre un proyecto y su realización, entre una creación escénica y su público potencial.

II

Yendo al tema de esta nota, analizando los modos de producción de la escena alternativa en la última década –desde los años 2002, 2003 a la fecha–, puedo decir que he observado con sumo interés cómo la figura del productor ejecutivo se ha ido insertando gradualmente en el funcionamiento de buena parte de esta escena. En tal sentido, podría aventurarme a decir que la incorporación de esta nueva figura al interior de los colectivos teatrales ha sido uno de los factores que más han influido, por ejemplo, en el desarrollo y renovación de sus métodos productivos, en el modo de generar y optimizar sus recursos, en la circulación y distribución de sus productos escénicos y principalmente, en la forma con la que se comienza a mirar, a entender y a atender a la producción como un gran todo integrado.

En cuanto a la evolución del productor ejecutivo lo más destacable de este mismo período parece ser, en primer lugar, ese cierto reconocimiento, esa cierta legitimación que adquirió su rol en un sector teatral, otrora renuente a las ideas de administración y organización, a los conceptos económicos y a los planes de producción. En segundo término, la aparición de cursos y talleres especializados así como de cierta bibliografía específica donde satisfacer su creciente interés por capacitarse y por sustentar desde la teoría, su constante práctica diaria. En tercer y último lugar, su muy diferente relación con la creación artística. Hoy en día no sorprende ver a los productores ejecutivos acompañando y aportando al proceso creativo de un proyecto teatral. Quizás esto sea consecuencia de que hayamos comprendido y aceptado, de una vez por todas y para siempre, que “… la producción y el hecho teatral parecen ser la misma cosa: son la misma cosa”, como señala Alejandro Tantanian en el prólogo de mi libro.

Seguro quedarán asuntos pendientes para discutir, temas para seguir reflexionando, cuestiones a profundizar. Sabrán disculparme pero debo irme a materializar sueños. Tal vez, en una próxima ocasión.

El fin de una era

Por Ana Durán y Sonia Jaroslavsky

Algo ha cambiado. Por la Avenida Corrientes, desde Callao hasta el obelisco, una primera parada en el Paseo La Plaza muestra a María Onetto (sí, la de Bartis, la de Donde más duele o La escala humana) dirigida por Javier Daulte (¿recuerdan?, el de Gore) en Un dios salvaje. Siguiente parada: el Teatro General San Martín, que no pudo festejar sus 50 años de manera digna. Continúa la caminata y Claudio Tocalchir (el de La omisión de la familia Coleman en el PH de Boedo) dirige a Norma Aleandro en el Lola Membrives. Enfrente, el Multiteatro; afuera se lo ve a Veronese charlando (sí, el de El Periférico de objetos) al término de la obra en que dirige ¿a Alcón y Francella? Entramos y los agentes de prensa Duche & Zarate (sí, los que le hacían la prensa a todos los del off en los 90, incluso a esta revista) entregan las localidades para ver a Tantanian (sí, el de Un cuento alemán) en ese mismo teatro, pero ahora cantando. La fila está llena de gente de aquellos años (dramaturgos, actores, directores) que se tuvieron que arreglar un poco más por las luces centelleantes de la Avenue. Todos se saludan con cariño, al tiempo que extrañados. Algo ha cambiado.

Necesitamos hacer un extenso número de los primeros diez años del siglo en nuestro teatro para poder, de alguna manera, aproximarnos a la complejidad de estos últimos cambios. Habrá que leer toda la revista para poder responderse a la pregunta básica: ¿por qué este teatro es tan diferente del de los 90? Y con ese intento de respuesta surgirán otras preguntas que, por suerte, tienen más de una explicación.

Para esta nota, fue necesario partir de una hipótesis interesante que nos colocó en un lugar farragoso de contradicciones. Ahí va: en los 90, el teatro era el teatro y la tele, la tele. No se nutrían unos a otros. La tele tomaba actores del teatro comercial y estos solían estar formados por Agustín Alezzo a partir de la estética hegemónica del Actor’s Studio: el naturalismo cinematográfico. Eso permitía un tipo de naturalidad en los códigos estéticos televisivos que era un imán para el espectador. En el teatro off, se buscaba lo diferente, lo NO naturalista, lo “realista” (en términos de Patrice Pavis). Era el imperio de La Pista 4, el Periférico de Objetos, los primeros hitos de Ricardo Bartis (Hamlet, Muñeca y El pecado que no se puede nombrar), los primeros espectáculos dirigidos por Pompeyo Audivert (Pater Dixit o Muestra Marcos). El listado es larguísimo pero es imprescindible recordar que el clown, la acrobacia, la manipulación de objetos y la danza son imprescindibles también para armar el coctail que dio como resultado esta sorprendente producción que los memoriosos periodistas recordamos bajo el siguiente parámetro: “Ibas a ver cuatro obras por fin de semana y seguro enganchabas una muy buena, dos buenas y una que mejor haberte quedado en casa”. Ver teatro no era un proyecto inabarcable y, en general, el director o los actores se acercaban a las redacciones a dejar sus gacetillas. Éramos menos, el fenómeno teatral era abarcable, había una gran cantidad de espectáculos bien hechos, redondos, experimentales. Tal vez un 30% de unos 250/300 que se estrenaban aproximadamente al año (incluyendo teatro oficial).

¿Qué pasa ahora? Según nuestra hipótesis, los cazadores de las industrias culturales (teatro comercial, televisión y cine independiente) tomaron a los actores que se habían formado en esas estéticas tan peculiares para la actuación hegemónica que conocían hasta entonces y las hicieron materia-producto de la industria. Intentemos un breve punteo: Sos mi vida (Carlos Belloso y Mike Amigorena), Tumberos (Belloso, Urdapilleta), Lalola (Lola Berthet, Víctor Malagrino, Rafael Ferro, Muriel Santana, Luis Ziembrowsky y Carla Peterson), Los Fabulosos Pells (Mike Amigorena, Diego Reinhold, Carla Peterson), Montecristo (María Onetto y Luis Machín), Tratame bien (Guillermo Arengo y María Onetto). Uno podría decir que estos programas, más los unitarios de Pol-ka, le han dado a la televisión momentos de actuación sublimes en los que ya no importaba la pata argumental: encuentros entre Ziembrowsky y Ferro en Lalola, personajes inolvidables hechos por María Onetto en Mujeres asesinas, escenas hilarantes entre Mex Urtizberea y Mike Amigorena. Todo al más puro estilo “improvisación” de los estudios de teatro de Bartís, Briski, Audivert y demás. Resumen: ya no es necesario ir al off para ver buenas actuaciones. Si a eso le sumamos directores de televisión y cine como Adrián Caetano, directores de teatro como Suardi, Tolcachir, Daulte, Veronese, y guionistas de televisión como Tantanian o Daulte, más allá de aciertos y desaciertos, es posible que la suma de actores talentosos, directores y guionistas acostumbrados a la búsqueda más el abultado capital de la industria cultural, den inevitablemente un buen producto (bajo esos términos) por el que valga la pena quedarse en casa a ver la tele o ir al cine. ¿Y el off? Vive el éxodo y no consigue, ni con su maremoto de estrenos (más de 500 al año, el doble que en la década anterior), reponer estéticamente la calidad de lo que se le está yendo. Tampoco lo consigue con la creación de los organismos estatales de apoyo al teatro creados a fines de los 90 Instituto Nacional del Teatro y Proteatro y se podría agregar otras fuentes como el Fondo Nacional de las Artes o el Fondo Metropolitano de la Cultura, las Artes y las Ciencias. El off recicla una y otra vez lo que sus maestros habían encontrado (con excepciones, por supuesto), enmarañado en un momento de desgaste estético, perdido el parámetro de lo viejo y lo nuevo, ya reciclado todo lo reciclable y con la ansiedad de estrenar más de una obra al año, estar en más de un espectáculo si es posible, participar de todos los castings y sin haber decidido qué hacer con dos temas pendientes: el amateurismo y la profesionalización.

Por eso hablamos de homogeinización; los actores se llevaron en sus cuerpos las estéticas adquiridas durante una década de investigación a los otros soportes (cine, TV, teatro comercial) y nada diferente apareció todavía. Eso, decimos, no está mal ni bien, simplemente es así. Nuestra contradicción consiste en que, como formadoras de espectadores, creemos que es altamente positivo que masivamente se consuman productos de calidad hechos por artistas con talento (Cosa juzgada con el Clan Stivel fue un precursor en todo caso del modelo de profesionalización del actor). Pero también sabemos que la industria cultural vive del recambio veloz de productos que se diluyen luego de ser bastardeados porque como dice Alejandro Catalán “actualmente es el 'mercado' mismo el contexto y la condición dinámica de la práctica artística”.

Un paso más

Ahora nos parece apropiado pensar este fenómeno en un contexto que afectó mucho a las estéticas de estos últimos años y a su homogeinización y pasteurización, hasta hacerlas perder fuerza y peligrosidad. En este punteo, aparecerán esbozados una serie de fenómenos que por separado merecen varias revistas más, y que juntos nos permiten pensar hasta qué punto afectan a los lenguajes tantos cambios sociales, culturales y tecnológicos:

· Nuevas Tecnologías para el teatro y la danza

· Nuevos medios digitales: creación de Alternativa Teatral (2000), sitio web de consulta y contenidos, páginas digitales (el 2004 fue el momento de eclosión), blogs (a partir del 2007 como momento de furor), revistas académicas digitales y revistas de divulgación digitales.

· Como consecuencia de la aparición de los medios digitales se produjo un replanteo del lugar de la opinión y del lugar del crítico y/o periodista especializado, del lugar de la opinión del público y el espectador formado.

· Nuevos modos de difusión del teatro: vía mail, facebook, twitter, mensaje de texto, videos en youtube o trailers teatrales.

· Otros modos de espectar: teatro en vivo vía Internet con chat entre espectadores online, charlas y conferencias a posteriori en la web.

· Difusión casi masiva de espectáculos de circo independientes: Cirque du Soleil y el circo social (y el trabajo con niños y adolescentes a través de este lenguaje en escuelas, talleres y clubes de barrio).

· Crecimiento de los grupos de teatro comunitario, que a partir del 2001 aumentaron hasta llegar a ser más de 35 en la actualidad en todo el país.

· Mayor producción de espectáculos en espacios no convencionales o intevenciones.

· Lo real en la escena (biodramas, Proyecto Archivos, lo documental en la escena)

· Espectáculos con referencias y citas al cine, la televisión, etc.

· La familia disfuncional como tema.

· Creación de la figura del productor de teatro independiente. Multiplicación de cursos y talleres.

· Profusión de maestrías y postgrados en gestión cultural.

· Industria cultural. La creación de una secretaría con ese nombre en la Secretaría de Cultura de la Ciudad, llevó a la reflexión en torno a la cultura industrial o qué cultura es industrial.

· Legislación para las salas de teatro independiente post Cromañon: habilitaciones y salas fantasma.

· Creación de una Universidad para las carreras vinculadas a las artes escénicas (I.U.N.A). ¿qué tipo de actor, director o dramaturgo se piensa desde las instituciones?

· Interés en la importancia del espectador para el teatro y en la formación del espectador para el teatro.

· Desaparición de los grupos de teatro.

· Política de subsidios que afectó los modos de producción del teatro independiente y de las salas.

· Vuelta a las puestas de textos clásicos.

· Figura del actor-director-dramaturgo en una misma persona.

· Creación del Colectivo Teatral y sus espacios de reflexión.

· La necesidad de encuesta de públicos. El rol del estado en las políticas del testeo de público como fuente de información para la necesidad de pensar las políticas no desde un vacío de presupuestos sino desde el lleno de datos concretos.

· Después de diez años, Graciela Casabé es desplazada de su lugar de directora del FIBA. Con ella desaparecen las grandes figuras del teatro y la danza del mundo en los escenarios de Buenos Aires. A cambio, con la llegada de Alberto Ligalupi y Rubén Szuchmacher aparece lo desconocido nacional e internacionalmente.

· Gran movimiento de actores y directores hacia el teatro oficial y comercial, el cine argentino y la televisión.

· Creación en el año 2000 del Complejo Teatral de Buenos Aires. Se suma a la administración del Teatro General San Martín, el Teatro Presidente Alvear, Teatro Regio, Teatro Sarmiento, Teatro de la Ribera.

· Decadencia de los teatros oficiales tanto municipales como nacionales: falta de presupuesto y políticas para volver a estos teatros públicos, como alguna vez lo fueron.

Todo esto nos ha llevado a pensar en hacer este número ciclópeo de tantas páginas como un punto de clausura de una etapa de la revista e inflexión hacia una nueva forma de pensarnos. ¿Por qué? Porque es evidente que el off (¿qué habrá quedado de ese término? ¿por cuál otro podríamos reemplazarnos?) ya no es sinónimo de búsqueda, no garantiza riesgo ni es una visión del mundo. El buen teatro está casi en cualquier parte: on, off, comercial u oficial. Seguir levantando la bandera del teatro independiente es tan viejo y mentiroso como el término independiente: ni siquiera Funámbulos es ni fue independiente en términos estrictos. Son épocas de teatro aburrido y a medio hacer. El boca a boca es el medio más confiable para no decepcionarse ni perder un fin de semana. Tenemos la expectativa de buscar el buen teatro allí adonde quiera que esté. Para eso debemos parar la pelota un poco y realizar una autocrítica y ver si nuestra subjetividad también se mercantilizó, y mientras tanto, proclamarnos en asamblea con un Colectivo Teatral propio, de las revistas, que vuelva a pensar qué lugar queremos ocupar y qué objetivos vamos a seguir en la maraña de reflexiones críticas de todos los formatos.

Diez años

Por Karina Mauro

Que 2010 haya coincidido con el Bicentenario, además de promover variados festejos y reflexiones, ha invisibilizado otro hecho de importancia: hay una década que está expirando. Es ineludible, entonces, dirigir la atención hacia los aspectos que la han caracterizado. En nuestro caso, nos referiremos a la Actuación.

Particularmente, la siguiente es la pregunta que nos anima: ¿cuáles son los aspectos que han caracterizado a la Actuación durante la década que se va? En este punto, debemos contener el impulso de responder con un lacónico “ninguno” (hemos tratado de limitar este gustito sólo al título de la nota), y profundizar la indagación.

Sin duda, no han surgido rasgos estéticos, poéticas, procedimientos o metodologías de Actuación novedosas durante este decenio (como tampoco lo han hecho en el arte teatral en su conjunto, según ya consignáramos en otra oportunidad.[1]) No obstante, queremos destacar cinco puntos, que no llegan a definir la década ni mucho menos, pero que constituyen fenómenos claramente observables.

1. Otra vez: la formación…

En lo que respecta a la formación para la Actuación, en el Nº 29 de Funámbulos publicamos una nota en la que señalamos algunos aspectos del estado actual de la misma. En primer lugar, la gran cantidad de alumnos de Actuación que se vuelcan rápidamente a la producción de obras y a la enseñanza. En segundo término, aspectos económicos de la actividad: los aranceles de los cursos y talleres que, en comparación con otras actividades de enseñanza, no se han modificado ostensiblemente desde la década del 90; el surgimiento de cursos cortos, de modalidad intensiva o no; y la afluencia de alumnos extranjeros en los talleres locales (restaría hacer un trabajo profundo de investigación del impacto de la transformación del Conservatorio Nacional en el IUNA, a ya más de una década de su implantación)

Por otra parte, se han vuelto habituales prácticas otrora esporádicas, como por ejemplo estudiar con varios profesores simultáneamente. Cada vez en forma más usual, los alumnos asisten al mismo tiempo a cursos de formadores en metodologías y estéticas diversas, y hasta contradictorias. Por lo tanto, ya no es tan descabellado escuchar que un estudiante asiste al curso de Ricardo Bartís y al de Julio Chávez, o al de Claudio Tolcachir. En la misma línea ecléctica (o desordenada) podría ubicarse la práctica de diversas disciplinas, aunque esto ya se hallaba instalado durante la década pasada. Es imperioso profundizar en las ventajas y desventajas pedagógicas que acarrea colocar el famoso “instrumento” en circunstancias tan disímiles, como las que exigen las metodologías que los alumnos yuxtaponen en su formación, en el afán por aprender todo y para todo, sin perder el tiempo.

También es notable el crecimiento que tiene en nuestra ciudad la formación para la comedia musical, resultado directo del rumbo que ha tomado el mercado teatral local, apoyado fuertemente por la televisión, lo cual nos muestra con una evidencia inaudita, dónde está el dinero, para quién y en pos de qué modelo copiar y/o transplantar. Como corolario, esto ha motivado la incorporación del canto y el baile entre las aptitudes que ya no es extraño exigirle a ese actor argentino que desde la irrupción del teatro independiente defendió un ideal de teatro de arte sin interrupciones musicales de ningún tipo, aspecto reforzado durante la hegemonía del stanislavskismo. Cabe señalar en este punto que antes de todo eso, el actor porteño dominaba el canto y el baile, pero en una clave muy diversa a la de las legiones de jóvenes que practican Somewhere over the rainbow en falsete. Sólo es cuestión de indagar un poco (y este desafío no se dirige exclusivamente a los alumnos, sino también a los docentes, responsables de la formación de nuevas generaciones de actores argentinos).

Como contrapartida, también se ha registrado en la última década una recuperación del texto dramático, aunque esto no ha sido acompañado por una formación vocal eficiente. Efectivamente, la elocución de los actores porteños continúa padeciendo los problemas que presenta desde la llegada del bueno de Stanislavski, allá por los años 60. Y si no, estimado lector, niegue abiertamente que prefiere ver una película argentina con subtítulos…

2. La enunciación: o una nueva forma de actuar “en nombre propio”…

Por otra parte, la Actuación ha mostrado una variante en sus principios básicos, aspecto que no debería ser desdeñado por la teoría más dura. Hacia fines de los 90 y principios de esta década, el cine y algunas expresiones del teatro utilizaron como procedimiento novedoso la incorporación de “no actores” en la ficción. Luego, la televisión echó mano de la novedad y produjo la trágica proliferación del reality show, formato que gobierna las señales privadas actualmente. Hoy cabría indagar en una nueva forma surgida en la pantalla chica: la proliferación de actuaciones desempeñadas por fuera de la ficción, es decir, performances que los sujetos realizan “en nombre propio”, en el seno de situaciones, en principio, no escénicas. Sólo así podemos comprender la aparición de especies como los ricardosforts, las gracielasalfanos y otros portentos similares, que bucean en las más espesas aguas del melodrama más sórdido, ante la mirada cómplice de los insaciables espectadores, que mal disimulan no haberse dado cuenta de que estas personas están actuando.

3. Las formas de producción: al actor siempre le toca remarla…

En lo que respecta a las formas de producción y consumo teatral, un aspecto clave de la década que nos ocupa lo constituye la creciente incorporación de artistas del circuito alternativo al teatro comercial y oficial. Alguien podría decir que, afortunadamente, el teatro off está irradiando sus logros, y ejerciendo una influencia revitalizante en circuitos estéticamente “inferiores”. Pero habría que pensar en qué medida los hablantes en este diálogo entre circuitos terminan perdiendo sus propias voces, y diluyéndose en un mero ruido amorfo. Es preocupante la pérdida de especificidad del off, tanto en lo que respecta a sus modalidades de producción, y a los lenguajes, estéticas y procedimientos utilizados por sus artistas y técnicos, que impliquen una auténtica alternativa a los otros circuitos (y que nos motiven a “salir de casa”…). En efecto, la ausencia de planteos y lineamientos estéticos propios es ostensible respecto de la década pasada, caracterizada por la irrupción del off (un poco heredero del teatro independiente de antaño, un poco heredero del under de los 80, pero innegablemente diferente a ambos).

Específicamente para el actor surgido en el off, el pasaje a otros circuitos, si bien es más posible que antaño, no es tan fácil y dinámico como en el caso de los directores alternativos, auténticas nuevas vedettes de la calle Corrientes (además de las chicas que bailan en lo de Tinelli). Es curioso observar que los enfants terribles del off surgidos en la década pasada y en ésta, no suelen llevarse consigo a sus actores cuando los ojos del teatro comercial se posan sobre ellos. Por supuesto que reconocemos las condiciones de producción del teatro comercial y del oficial. Pero, estos directores, ¿no esgrimían acaso una “alternativa” a las mismas?

4. El referente: lo político, ¿qué era?...

En otro orden de cosas, el teatro off se ha lanzado reciente y alegremente a una recuperación de lo político en clave nacional, en sintonía con una postura muy en boga. Sin duda, se trata de algo necesario y fascinante, que de una vez por todas logró movilizar a todas las disciplinas del campo de las Humanidades (y quizá no sólo de las Humanidades) en nuestro país. No obstante, se vislumbra en algunas obras, un tratamiento epidérmico de aspectos accesorios de la militancia de los 70 y de la omnipresente referencia al peronismo. No es casual que teatristas que hace cinco años se encerraban en el propio “procedimiento” (aunque de propio no tenía más que el haberlo sacado del taller del pope de los 90 con el que habían aprendido teatro), y que defendían un teatro sin referencia a nada, ahora junten al mismo grupo de actores de siempre, con el pelo y la barba un poco más crecidos y un par de pantalones Oxford y camisas ajustadas, al grito de “Luche y vuelve”. Felizmente, no todas las propuestas son así y hay obras inquietantes y excelentes (que no por el mentado “contenido” dejan de ser brillantes en lo formal, quizá más brillantes que las que sólo apuestan a reírse del lenguaje): Museo Ezeiza, El secuestro de Isabelita, Entrenamiento revolucionario…

5. Epílogo: matar al tirano… en uno mismo

Hace dos números, se planteaba la problemática de la ausencia de parricidio en nuestro teatro, y la consiguiente ausencia de “lo nuevo”. Se escribieron muchas reflexiones interesantísimas y una inquietante encuesta a teatristas, en la que proliferaban expresiones como “mirar mi propio camino”, “todos somos colegas”, “los nuevos lenguajes no se preocupan por romper con lo anterior” y discursos acerca de una proliferación de “tíos con onda” y “hermanos mayores piolas”, en lugar de padres. ¿Qué diría el viejo Freud si escuchara a estos jóvenes decir algo como que en la actualidad “no hay una distancia que provoque un deseo”? Obviamente, estas expresiones no nacen del teatro o de una reflexión sobre el teatro, sino de la época en la que nos toca vivir. De modo que quizá no hallemos las respuestas al tedio que nos abruma en los teatristas, que francamente, hacen lo que pueden. Si enganchan uno que otro festival, o juntan los ahorros y se abren una salita, no les pinchemos el globo. Todos hacemos lo que podemos en el terreno en el que nos movemos.

Pero ya que la ocasión lo amerita (un número dedicado a una década sólo sucede cada diez años), reflexionemos un poco. Ésta es por antonomasia la época de las ideas cristalizadas y las formas cerradas. Y lo es, a fuerza de aparentar no serlo. Detrás de la aparente libertad de elección en medio de una aparente oferta ilimitada (¿hay algo más paralizante que la ausencia de límite?), se esconden las formas más esquemáticas de consumo digitado. Las formas teatrales no están exentas de ello, como no está exento ningún aspecto de la humanidad hoy en día. Si dejamos que no lo esté… Hay tanto para romper, tanto para volver a mirar, tanto para decir o volver a decir de otra manera, que es increíble que estemos hablando de “tedio”.

No digamos que no sabemos qué hacer. La ruptura fundamental que se necesita no es estética, ni ética, ni ideológica, porque eso viene mucho después. La principal ruptura que se necesita hoy es la de la propia burbuja. Y para abrirse, hay que conocer al otro: al que está al lado mío (no ir a ver, no pensar, no discutir las obras de los colegas, es aberrante), pero también al que me precedió (hay muchos cementerios llenos de vida y muchos libros llenos de voces).

Con el tiempo, puede ser que a uno le vengan ganas de andar matando padres. Pero matarlos o no matarlos, no es el dilema. Para ser, hay que poner-se en riesgo. ¿Cómo entender, si no es a través de esta dimensión de riesgo, la actitud ejemplar (una vez más) de Mauricio Kartun quien, contando ya con un prestigio como dramaturgo del que podría comer y vanagloriarse largamente, decidió lanzarse a dirigir, produciendo las obras más interesantes, más experimentales, mejor actuadas y políticamente más profundas de la década?



[1] “Teatro del 2000 en Buenos Aires. Una década que no termina de perfilarse”, en Afuera, Revista de Estudios Culturales (www.revistaafuera.com.ar), Año II, Número II).

El teatro postdramático. Entrevista a Hans-Thies Lehmann

Por Federico Irazábal

Las preguntas que acechan de manera permanente a la crítica teatral son varias, pero una de ellas es precisamente acerca de su función, de su utilidad. Y tal vez el motivo sea porque la teoría teatral no se ha caracterizado, a diferencia de lo ocurrido en otras disciplinas, por la producción de conceptos fértiles, que permitan al creador orientar, o echar luz al menos, sobre la práctica. Por lo general lo que hemos visto es más bien todo lo contrario. Un sistema teórico de pensamiento obstinado en encontrar en el campo artístico la ratificación de sus propios conceptos, forzando incluso la escena y el drama para hacerlo entrar en el cajón que el crítico en cuestión estaba produciendo. Este divorcio, a veces radical y otras no tanto, obedece a un sinnúmero de factores diversos a su vez en los distintos países de Hispanoamérica. Pero lo nodal, lo que hace a la disciplina, es que por lo general la teoría no ha podido producir conceptos que derivaran en un apoyo a la creación sino más bien lo opuesto. Y cuando la categoría o el concepto oprimen a la práctica nos encontramos en un campo directamente infértil en donde nada germinará.

De hecho, no son demasiados los ejemplos que uno puede dar en cuanto a la producción de teorías que permitan poder pensar la práctica. Uno de ellos es sin lugar a dudas el caso de Peter Brook con su libro El espacio vacío, concepto gráfico que permitió darle forma a un pensamiento y a una práctica concreta. Y el otro ejemplo que utilizaría (reconociendo de antemano que podríamos incluir más en la lista) es el producido por el teórico alemán Hans-Thies Lehmann y que también da título a su obra máxima: El teatro posdramático. Es en ese texto fundacional donde con claridad intenta nombrar una práctica diversa en el continente europeo que no podía ser homologada a todo otro conjunto teatral del que se diferenciaba notoriamente. Y si bien existían conceptos que trataban de organizar esa práctica que no se correspondía con lo que el siglo XX en toda su extensión había producido –hasta entrados los años 70–, tal como la idea de “teatro posmoderno”, a Lehmann esa categoría le resultaba un tanto compleja, con aristas filosóficas imprecisas y fue por ello que forjó una nueva, que se servía del mismo prefijo pero con otras connotaciones.

Y cuando la teoría logra nombrar aquello que tiene en frente, el objeto se pliega al concepto y se vuelve sistémico. Esto no significa que la crítica invente un objeto sino que lo nombra, y al darle nombre lo funda. Luego, gracias al nombre, tanto los hacedores como los destinatarios de ese objeto pueden reconocerlo, pensarlo, cambiarlo, modificarlo, gracias al acto cognitivo que significó el acto mismo del nombrar. Pero es claro, no son demasiados los críticos que han tenido el poder de actuar frente al complejo campo teatral como Adán en el Paraíso. Y es precisamente esa actitud adánica frente al lenguaje y al mundo lo que hace de Lehmann una de las presencias más significativas dentro del campo teórico teatral, de visita este año en Brasil, Argentina, Uruguay y Chile. En ese marco y durante su estadía en Buenos Aires para dictar un seminario en el IUNA, tuvimos la oportunidad de encontramos con él gracias a una gestión del Goethe-Institut.

El punto de partida para la conversación fue precisamente el teatro y su relación con la crítica. Porque en algún sentido, aquel que haya tenido oportunidad de ver lo que se produce en Alemania desde hace casi dos décadas ya podrá entender en qué medida el concepto de posdramático surge no únicamente como un hallazgo sino más bien como una necesidad.

¿En qué medida cree usted que el concepto de posdramático pudo ser generado gracias al tipo de teatro que se estaba produciendo en Alemania en aquel momento?

No es una pregunta sencilla de responder puesto que para hacerlo tendría que remitirme en primer lugar a la historia del concepto, a cómo fue que empecé a usarlo. La noción de posdramático la utilicé por primera vez en el año 1991, es decir nueve años antes de que saliera este libro que tanta felicidad me trajo. Pero en aquel momento yo estaba realizando una investigación sobre la tragedia en la Antigüedad. La hipótesis principal que quería demostrar era que la tragedia antigua no es dramática en el sentido moderno de la palabra, tal como se usa esta idea desde el Renacimiento. Por lo tanto me permití, exagerando un poquito, llamar a la tragedia antigua “teatro predramático”. Y fue por eso que luego, y gracias a ese contexto de aparición, usé lo posdramático para referirme al teatro de hoy. Y lo que en realidad estaba diciendo, más allá de que no muchos lo notaran, era que el desarrollo de hoy del teatro tiene muchas analogías con el teatro predramático de la época de la Antigüedad. Pero para poder completar la historia, debo decir que esa noción del posdramatismo ya la tenía en mi cabeza mientras en los años 90 estaba escribiendo mi libro sobre las nuevas formas teatrales. Y para poder armar ese libro siguiendo los preceptos críticos que guían mi carrera, veía mucho teatro, casi todo lo que se producía y que tenía oportunidad de conocer. Y mientras más veía más confirmaba mi hipótesis. Porque hay que decir que yo no iba al teatro para encontrar ejemplos o pruebas para el teatro posdramático, sino que fue el teatro mismo el que me sugirió el concepto. Durante treinta años miré con mucha pasión el teatro experimental y le puedo confesar que también jugaba con la idea de un título más académico como “Estudio sobre el Teatro Nuevo”. Pero finalmente opté por no renunciar a aquella palabra que tenía tanto tiempo en mi mente. Y ahora, viendo el resultado, estoy muy contento de haberla usado. Me dije a mí mismo que tenía que tener coraje y no especular sobre lo que la academia estaba esperando que yo produjera y la lancé. Y a juzgar por lo ocurrido siento que esta palabra finalmente resultó ser buena para señalar la diferencia entre el teatro de hoy y el tradicional. En ese sentido lo que busqué fue establecer un diálogo entre la teoría y la práctica pero evitando que la práctica se vea sometida a los devenires y exigencias de la academia. Y en tal sentido diría que las obras que me ayudaron, y mucho, a forjar ese concepto fueron precisamente las que son analizadas y discutidas en mi libro.

Detengámonos por unos instantes en esta relación de lo posdramático con lo predramático, que está asociado a la tragedia clásica. De ser así, lo pre y lo post estarían evidenciando un vínculo, una relación. Sin embargo de manera permanente se afirma que el mundo contemporáneo no admite tragedia…

Lo interrumpo y le agradezco la reflexión puesto que eso fue algo que durante mucho tiempo estuvo dando vueltas en mí, y me alegra verlo ahora exteriorizado en su reflexión. En primer lugar supongo que usted estará de acuerdo en que hay semejanzas entre el teatro de hoy y el clásico: la presencia de algo similar a los coros, la ausencia de una concepción psicológica, las máscaras, la presencia de sujetos colectivos y los intentos de crear especies de rituales. Esto último lo digo en el sentido de reencontrar la situación ritual del teatro y también intensificar la relación del teatro con formas no artísticas de la vida cotidiana. En la Antigüedad la relación era frente a la vida ética, religiosa y política. Hoy por ahí es más en los aspectos políticos, pedagógicos y sociales pero más allá de ese desplazamiento hay un elemento vinculante. Me parece fantástica la pregunta porque ése es el asunto del nuevo libro que estoy escribiendo. Me interesa la cuestión de la tragedia y lo trágico y es obvio que la forma de la tragedia clásica hoy ya no se encuentra o se la ve de forma estrictamente museística. Pero creo que muchos aspectos del lenguaje teatral de hoy –y también de la performance actual– resultan de una herencia de la tragedia clásica. Es por eso que para el próximo libro estoy tomando este concepto de la experiencia trágica y trato de desarrollarlo a través de las distintas épocas. Y espero que sepa entender que no quiera hablar mucho más sobre este tema ya que necesito conservarme la presión interior para poder escribir. Y eso lo consigo únicamente no hablando demasiado sobre el tema. Pero no puedo sino afirmar que es una pregunta determinante para mí, y que me alegra escucharlo puesto que no deja de ser decepcionante cuando la gente interpreta el concepto de posdramático como si fuera solamente un teatro de alegría y de juego.

Recién se refirió al uso que el Renacimiento había hecho del concepto de lo dramático. ¿Cómo lo definiría?

Es un campo muy amplio que abarca infinidad de formas dramáticas renacentistas, vía Shakespeare, Racine, Corneille, vía el teatro clásico de la época alemana hasta Ibsen. En todo ese vasto territorio y a lo largo de todos esos años hay un desarrollo continuo del concepto de drama que le da muchos matices distintos. Por eso recomiendo leer el trabajo de Peter Szondi sobre el concepto del drama [hace referencia a Teoría del drama moderno que se publicó en español junto a Tentativa sobre lo trágico]. Y creo que hay que seguir desarrollando esta posición de Szondi ya que él describió algunas características del drama ideal y puro: el hombre visto sólo como ser social, la significación central del diálogo, el hecho de que el drama vive en el presente, con reducción de todo lo que sea épico y lírico y una concentración sobre lo que Hegel llamó “la colisión dramática” [concepto con que supera la noción de acción aristotélica, en tanto incluye en la noción de drama la idea de un choque de fuerzas entre los sueños y las aspiraciones humanas en contraste con las circunstancias histórico-sociales]. Pero se vuelve necesario retomar ese libro hoy por hoy clásico puesto que tiene diversos problemas. El primero es que Szondi desarrolla el concepto del drama de forma muy sucinta. Si bien es de los mejores libros que se han escrito sobre el tema y goza de toda la rigurosidad e inteligencia de su autor, considero que no alcanza, que hace falta un estudio más amplio todavía que continúe los pasos de Szondi. Pero además hay otro inconveniente que está reconocido por el autor mismo y es que él no hace ciencia teatral, solamente está investigando la forma literaria del drama. Y desde aquel momento –recordemos que Szondi murió en el año 1971– la ciencia teatral ha hecho progresos muy importantes. Es por eso que creo que hoy se podría reelaborar el concepto forjado por Szondi y continuar con su posición dialéctica pero aportándole otros niveles que son los que nuestros conocimientos actuales permitirían darle. Con todo ello no quisiera que se entienda que estoy cuestionando a Szondi sino más bien todo lo contrario. Retomar sus ideas para avanzar es una manera de homenajear a este intelectual al que me siento orgulloso de haber conocido y de poder considerarme su alumno. Cuando él murió tenía siete doctorandos. Y yo era uno de ellos. Siempre digo que he aprendido a leer tres veces: una vez de niño, la segunda con Peter Szondi que era un filólogo fantástico, y la tercera vez con Jacques Derrida, donde tuve que recomenzar todo mi entendimiento de la lectura desde cero. Y espero que los tres procesos de aprendizaje todavía se sientan en mis trabajos, incluyendo mi aprendizaje de cuando era niño.

¿En qué medida está la práctica deconstructiva presente en su trabajo?

Seguro que hay una influencia muy fuerte pero seguramente no en el sentido de un adepto a la posición filosófica de Derrida. Para ser más exacto diría que mi pensamiento ha sido fuertemente influenciado por lo que se ha denominado escuela francesa del pensamiento. En el año 1991, en mi libro sobre la tragedia clásica, he intentado practicar un modo de lectura lacaniano de la tragedia clásica. El subtítulo del libro era La constitución del sujeto en la discusión sobre la tragedia clásica. Allí intenté crear una ligazón entre la noción de destino propia de la tragedia y la dependencia significante de Lacan [según la cual el sujeto se halla, en su constitución misma, en tanto ésta se realiza en el lenguaje, sujeto a una dependencia del Otro, fuente de sentido]. Pero también pienso en Georges Bataille, en Nietzsche, en el sentido de la irracionalidad. También me siento inspirado por el pensamiento de Gilles Deleuze, aunque no use su vocabulario. Generalmente se puede decir que mi acercamiento al teatro es un intento de reunir una perspectiva filosófica y una observación estética concreta. Un poco tiene que ver con la situación alemana de las ciencias humanas, donde hay mucha ciencia teatral que o no está orientada a la filosofía o lo está de un modo muy esquemático. Ese tipo de ciencia teatral llega solamente a una descripción y a una clasificación de los fenómenos. Pero también debo decir que me interesa mucho el pensamiento surgido en Alemania y que uno puede poner a dialogar con la tradición francesa, como es el caso de Theodor Adorno o de Walter Benjamin. En algún punto debería decir que me interesa mucho aquel pensamiento filosófico que está atravesado por los problemas estéticos.

El concepto de teatro posdramático circula hoy en gran parte del mundo y ha permitido pensar sobre los problemas teatrales de un modo diferente. ¿Es consciente de que su concepto organiza hoy la práctica teatral al haber generado un modo de mirar el teatro?

Creo que muchas veces se sobreestima la influencia de lo teórico, pero es claro que hay una influencia y no puedo no reconocerlo. El libro ha sido traducido a 15 idiomas. La primera traducción fue al japonés, antes incluso que al francés. Y tuvo una resonancia enorme en Japón y en los países balcánicos con varias traducciones al croata, al esloveno, y en paisajes teatrales tan diferentes como Polonia y Estados Unidos de Norteamérica. Y eso es un dato de que hay algo de lo que dice el libro que se encuentra presente en la práctica concreta de culturas tan diferentes. A principios de este año estuve en Estados Unidos y pude constatar una discusión muy fuerte entre la teoría performática y la teoría teatral. Y en mis visitas pude ver que hay un interés enorme por discutir las tesis de este libro. Estuve muy sorprendido allí pero debo confesar que lo estoy mucho más por su resonancia en América del Sur y, fundamentalmente, en Brasil. Hay una repercusión que reconozco y me alegra. Cuando le dije que tuve que tener coraje para usarlo puesto que sentía que era poco académico, tenía que ver también con que creo que su difusión sirvió para legitimar un tipo de teatro que anteriormente era cuestionado y no valorado. En tal sentido creo que sirvió para que la gente joven se animase a hacer algo diferente. Muchas veces he recibido comentarios muy positivos de artistas diciéndome que el libro les ayudó para pensar sus trabajos y encontrar definiciones sobre lo que estaban haciendo. Y eso es lo que yo busco como crítico. No quiero ser el inventor de nada puesto que no creo en esa crítica que violenta la práctica. Pero el hecho de que este libro haya nacido a raíz de una observación muy minuciosa e intensa de la vida teatral, marcó en algún sentido su camino. Y es muy distinto de otros libros de ciencias teatrales, ya que hay muchos en los que uno siente que el trabajo conceptual nace sin un contacto real con el teatro que se produce. Yo mismo he trabajado de dramaturgista con muy buenos directores de teatro en Alemania y eso me da un contacto con la práctica también. Conozco mucho la experiencia de trabajo en el teatro dramático. Yo pienso con Peter Szondi que la teoría viene después de la práctica, en el sentido de que los teóricos teorizamos lo que pasó en los escenarios. Ahora, de ahí a poder saber el nivel de acierto y de precisión de un concepto con relación a la práctica es imposible. Uno lanza una idea, dice algo, y al director de teatro que lo escucha lo impacta de un modo tal que yo jamás podría prever. Y tal vez lea algo en nuestro trabajo que uno jamás pensó. Y así como a veces ellos se sorprenden porque leen y reconocen que uno vio algo en sus trabajos que ellos no habían visto, a veces ocurre al revés y uno se sorprende por la lectura que los creadores hacen de nuestros trabajos teóricos.

No le preguntaré absolutamente nada sobre Brecht y su relación con el concepto de posdramático puesto que es lo suficientemente explícito en su libro al respecto, pero sí me gustaría saber qué relación encuentra usted entre este concepto y el propuesto por uno de sus alumnos, René Pollesch, puntualmente cuando se refiere al teatro no representativo y que está tan bien representado en sus obras Sex y Ciudad como botín.

Ése es un muy lindo ejemplo para las relaciones complejas entre la teoría y la práctica artística. La crítica de la representación desde hace decenios es un topo de la crítica filosófica y uno muy productivo. Lo que interesa en el pensamiento de Pollesch es ciertos efectos de poder que están con la representación. Él establece una lucha con las ideas hegemónicas o dominantes, y es por eso que reflexiona acerca de cómo la representación ha establecido un vínculo útil con lo que sostiene al macho, europeo, blanco y de clase media, y naturalmente heterosexual, en el centro mismo de la escena. Todos esos campos son objetos de la crítica en los textos de Pollesch. Por lo tanto su teatro no es más anti-representativo a la manera del teatro que hace Rimini Protokoll, quienes también están influenciados por Pollesch. [Esta compañía teatral alemana integrada por Helgard Haug, Stefan Kaegi y Daniel Wetzel, realiza sus trabajos en diferentes lugares del mundo, haciendo una profunda investigación sobre una situación determinada y en el lugar en cuestión, utilizando luego como intérpretes a los denominados “especialistas”, que son, ni más ni menos, que las personas involucradas en la situación y donde la búsqueda es poner en tensión los conceptos de realidad y de ficción al poner en escena la realidad. De ese modo se observa la tensión que se produce en el diálogo entre un nivel y el otro al ser, ambos, descontextualizados]. Tanto Rimini Protokoll como Pollesch, y muchos otros creadores importantísimos de Alemania, han sido mis alumnos en la Universidad de Giessen. Y lo que considero que allí aprendieron es fundamentalmente una gran libertad del pensamiento. Eso lo ha dicho Pollesch en varias entrevistas. Dijo que en Giessen la idea que se profesaba era no ir tan rápidamente a los teatros puesto que lo primordial era encontrar lo que uno quiere representar. Esto para mí es algo fundamental. No me gusta que los alumnos estrenen antes de tiempo no solamente por lo que puede ocurrir con el resultado sino principalmente por lo que les puede ocurrir a ellos como creadores. Y para que esto se entienda bien es necesario contextualizarlo, puesto que el teatro en Alemania es muy fuerte y poderoso y lleno de tradición. Se necesita mucho coraje para poder trabajar en el interior mismo de esa institución central para nuestra cultura. Pero quisiera añadir un segundo punto de vista de la crítica del teatro no representativo, la cual me parece muy interesante en René Pollesch. Él no separa la crítica de la sociedad de la autocrítica del teatro. Los temas que él discute, desde la sexualidad al marketing, son temas que a él mismo le conciernen personalmente. Al mismo tiempo que tematiza las condiciones materiales de la existencia –tales como dinero, recursos, etc. – él los discute en el interior mismo del teatro. Éste es otro aspecto de un teatro que no quiere ser representativo poniendo en duda la representabilidad misma del teatro.

El concepto de dramático tal como lo trabaja Szondi proviene de lo literario y de lo literario-dramático. ¿Lo posdramático es aplicable a otras disciplinas por fuera del teatro?

El libro mismo está discutiendo los recursos del teatro y habla muy poco del texto. A mí me interesaba fundamentalmente volcarme hacia lo teatral en sí y no quedarme en lo que habitualmente se hace que es hablar de teatro pero referirse exclusivamente a una de sus partes: el texto. Eso no significa que yo no valorice el texto. Más bien todo lo contrario. Sucede que encuentro elementos posdramáticos en los autores que analizo. Tanto en Heiner Müller, como en Sarah Kane, Elfriede Jelinek y hasta en Pollesch mismo veo estructuras posdramáticas en sus textos. Por eso, si bien es un concepto que yo aplico a lo teatral, tiene aplicaciones en lo estrictamente textual. En lo que hace a otras disciplinas, sé que en este momento hay varios estudios que conectan la evolución del concepto de posdramático en otros campos. Pero no puedo decir nada concreto aunque me puedo imaginar perspectivas posdramáticas para varias disciplina de lo intelectual puesto que sus aplicaciones son diversas. El año que viene iré a Río de Janeiro para hablar de lo poshumano y lo posdramático. Y hay investigaciones que encuentran una conexión de lo posdramático con la filosofía de Hölderling. Un autor belga escribió sobre lo posdramático y lo post hespérido, que es una derivación de la noción de Hölderling sobre el hombre europeo occidental en contraste con el oriental. Lo dramático posrenacentista es algo determinado por lo europeo occidental. Por eso se puede decir que aunque yo me apoyo mucho en la tradición europea, se trata de relativizar ese pensamiento. En este sentido el teatro posdramático podría ser pensado como el teatro posteuropeo. Pero eso es nada más que la mitad de la verdad porque por supuesto lo posteuropeo se deriva de la tradición europea.

Me gustaría, para terminar, preguntarle acerca de si en algún momento temió que se le adjudicara a lo posdramático, como crítica, que era un concepto que prestaba atención únicamente a la dimensión negativa, al no ser, en el mismo sentido que se ha dicho esto sobre el posmodernismo.

Ese temor naturalmente existe. Cada vez que uno da a luz una noción nueva sabe que habrá lecturas diferentes de esa palabra y eso no se puede controlar. Nunca quise hablar de los posdramático como una negación abstracta de lo dramático sino más como una concreta negación a lo Hegel. En este sentido es más un no al no al drama, no el final del sujeto, no el final de la historia. Quería tomar la palabra post-dramático diferenciándola de la palabra posmoderno porque quería describir una situación artística, una noción donde por debajo del trasfondo de la tradición de lo dramático se inventan nuevas formas de teatro. No quería usar la palabra teatro posmoderno que también existe en Alemania porque no quería tomar la decisión entre moderno y no moderno. Tengo que confesar que yo no sé si estamos viviendo en la posmodernidad. Pero lo que sí es cierto es que estamos en la fase de autorreflexión y autocrítica de la modernidad. Si se lo entiende en ese sentido estoy de acuerdo. Pero si se dice que la modernidad es historia, que ya pasó, ahí no acuerdo. Y con los hombres de teatro más interesantes que conozco es muy difícil decidir si se encuentran en la modernidad o en la posmodernidad. Depende mucho de qué se entienda por ambas cuestiones. En tal sentido posdramático me permitía hablar del presente sin tener que introducirme en esa discusión, que claramente requeriría de otro libro y otros debates.

Teatro, lo tuyo es puro teatro. Entrevista a Alejandro Tantanian

Por Leni González

El dramaturgo y director presenta en el teatro Metropolitan (Corrientes 1343) el musical Viaje de invierno junto al músico Diego Penelas.

Lo tuyo es puro teatro

Está enojado. Durante toda la entrevista, Tantanian dialoga con las declaraciones de Ricardo Bartis en Clarín (“En los últimos años hubo un bajón muy grande en la escena alternativa, también en el valor de pertenecer a ese territorio. Que es un lugar de tránsito para las grandes ligas. Hay varias personas que contribuyeron a eso: Tolcachir, Daulte, Tantanian, Veronese. Esto ni ha “profesionalizado” al off, con mayor organización técnica; ni el comercial se ha poetizado de las experiencias del off. Al revés, ha nivelado para abajo”).

En principio, creo que las instancias de profesionalización entendida como lograr que a uno le paguen por el trabajo que hace para poder vivir dignamente –y no porque el teatro independiente no sea profesional sino que hablo en términos de vi-vir– es muy difícil, si uno se restringe sólo al teatro independiente. Y si no tenés la posibilidad de tener tu espacio o una escuela con un montón de alumnos que te permita generar ingresos.

Personalmente, yo lo viví con Los sensuales. Si bien era un elenco con trayectoria en el circuito independiente, muchos teníamos que hacer otros trabajos. Entonces, el sistema es de una gran perversión. Quién puede decir “Te ensuciás las manos”.

Creo que el teatro comercial es un espacio donde uno puede profesionalizarse en el sentido económico. En mi caso, sería un medio para poder producir mis cosas de manera más independiente, sin depender de subsidio mínimos.

El caso de Javier Daulte [se refiere a Caperucita, en el Multiteatro, Corrientes 1283] es el de alguien que intentó ofrecer algo que venía haciendo en el circuito alternativo para otro público y eso no funcionó porque el teatro comercial de hoy es Fortuna (la obra de Ricardo Fort) o Agosto que es deficiente en sus aspectos teatrales. En mi adolescencia (30 años atrás), he visto obras del teatro comercial que me abrieron la cabeza como espectador. Entonces, depende mucho de lo que se hace, es un entramado complejo.

El público del teatro comercial en un 80 por ciento está ganado por gente que mira la tele y Tinelli, un público atrapado por el fenómeno televisivo y que va al teatro a buscar eso. En general, aunque esto suene mal, el nivel ha bajado hasta en el teatro independiente. Hay que pensar que en 1995 y 1996 el espectáculo que todos quería ver era Máquina Hamlet, con ese texto de una complejidad extrema y que ese lugar hoy lo toma La omisión de la familia Coleman. Y creo (aunque yo obviamente prefiera Máquina Hamlet) que eso no es ni bueno ni malo, sólo es. Hay un paradigma que está instalado. Hay algo que se ha degradado en el sentido de pensar el teatro desde otro lugar.

La omisión de la familia Coleman toma una tradición del teatro argentino que es la costumbrista, una línea que viene de Tito Cossa, etc., y las personas que van a verla son gente de clase media que se mete en un callejón y les parece exótico todo eso. El modelo Coleman es un modelo trasladable a los cánones del teatro comercial. Pero el modelo Máquina Hamlet es mucho más difícil.

En cuanto a los actores, es una cuestión distinta. Algunos como Luis Machín o María Onetto aportan una densidad expresiva a la tele que está buenísimo. Pero no creo en una homogeneización. Y no tiene que ver con que circulemos por los medios. Culpar al teatro independiente o a la tevé o al teatro comercial de la homogeneización es una lectura muy obvia y superficial. Lo que pasa es que hay un discurso sin sello. El problema, como dijo Bloom, es que faltan los poemas fuertes, algo que imante. No creo en esos directores puros, inmaculados; y si no, que empiecen a hurgar en lo que hacen con los actores o la guita que roban en los festivales. Yo no tengo prejuicios con los géneros ni con los espacios. Yo creo que las cosas están mal o bien hechas.

Hay gente muy joven (como Romina Paula, Matías Feldman, Ariel Farace, entre otros) que está haciendo cosas muy buenas y ahí es donde hay que ver. Ahí están los poemas fuertes y no se los ve porque falta generosidad. Seguimos siempre nombrando a los mismos.

No se banca más. Entrevista a Luis Machín

Por Leni González

El actor participa de la próxima telenovela de Telefe, Caín y Abel.

Habla de las posibilidades expresivas de todos los medios y de la necesidad de trabajar en el lugar donde se vive.

La grasa de los festivales no se banca más

El ritmo de las cosas es el que se impone. Es el hacer continuo el que te marca y sobre eso vas reflexionando. A mí me parece muy bien pensar qué pasó en estos últimos diez años. Antes de los 90 no había una mirada europea tan declarada sobre el teatro argentino. Luego vinieron las invitaciones a festivales y las giras europeas. Pero antes los grupos estrenaban sus obras y ahí aparecía un deseo ferviente por viajar, mostrar y comparar pero no había reales posibilidades de hacerlo porque era muy caro, muy difícil. En los 80, no se viajaba. En los 90 empezó una mirada desde Europa hacia las producciones de Latinoamérica y comenzaron algunos directores argentinos a ser invitados y los curadores internacionales a darse cuenta de que el teatro argentino era muy bueno y que los actores argentinos estaban muy bien preparados. Yo lo pude comprobar porque en los 90 viajé mucho con El pecado que no se puede nombrar, de Ricardo Bartis, y antes con Rafael Spregelburd.

Hubo un estallido de posibilidades, de pensarse en otros lugares. La pregunta común en ese momento de los colegas que no viajaban era “¿y si te sale algo allá, qué hacés?”. Ése era el imaginario, el de volver con inversiones millonarias, esa cosa que se piensa desde el barrio, esa mirada ingenua. Me pasó cuando, aún viviendo en Rosario, por primera vez fui a España con un espectáculo de títeres para adultos. Y la verdad es que nos fue muy bien pero yo no me traje ni un solo peso, y para seguir desarrollando mi vocación de actor, me trasladé a Buenos Aires. Todo este recorrido que relato es para explicar que los cambios, para mí, vienen dados por lo que sienten los actores y no los directores. Somos los actores los que impulsamos los grandes movimientos desde lo biográfico a lo colectivo por nuestra propia necesidad de producir niveles de energía que te constituyan como persona y te hagan sentir realizado.

Entonces, esto tan positivo que pasó a partir de los 90 como la posibilidad de viajar y cotejar, el mayor ingreso y la fusión expresiva, tuvo también una contra: se diluyó lo genuino porque algunos directores empezaron a producir para los festivales, empezaron a coproducir, elencos mixtos, fondos extranjeros, etc., lo que llevó a cierta pasteurización y a la aparición de condimentos más industriales como fechas de estreno, debutar en un lugar que no es el propio, generar un lenguaje que no es el rioplatense, y la aparición de actores con estilo de actuación más europeo. A grandes rasgos, creo que se lavaron las expresividades de los actores argentinos que se caracterizan por niveles de expresión estallados. No quiero dar ejemplos para no herir, pero empecé a ver muchos espectáculos con sillas, con gente sentada diciendo y en los que el cuerpo no estaba comprometido en la escena. Y no me refiero al costumbrismo rioplatense o al sainete sino a lo que habla de nosotros. Es como que volvimos a copiar modelos y a pensar que somos europeos. Y nosotros somos argentinos.

La producción de Bartis es paradigmática en este sentido. Soy testigo de la cantidad de ofrecimientos que recibió en sus viajes, pero él eligió seguir acá, no por una cuestión romántica sino porque él siente que tiene que trabajar acá, con actores de acá, sin que le impongan fechas o subsidios para que vaya y venga. No digo que sea mejor ni peor sino que no lo tienta. Además, viajar cansa y llega un momento en que querés que te vean acá y contar lo que pasa acá. Yo no conozco a ningún actor que se haya quedado a vivir en Europa. O debe haber alguno, con carreras más personales. Yo hablo de grupos. Y pienso que los actores desean tener la posibilidad de desarrollarse en su país. En ese aspecto, hacer televisión no está mal y los actores se dieron cuenta de eso.

Sobredosis de TV: creo poder resistir

En la época del teatro independiente estaba el cuco del teatro comercial y el de la TV: los que entraban ahí, se habían vendido o no eran buenos, porque los verdaderos están en el teatro y los más verdaderos, en el San Martín. El tiempo fue decantando eso porque espectadores y actores nos dimos cuenta de que muchas veces vimos pésimos actores y pésimas obras en el San Martín y cosas muy buenas y efectivas en la tele o el teatro comercial.

¿Cuál es el foco de lo comercial que prostituye al off? Hay quienes no les interesa lo comercial pero también hay actores y directores que quisieran hacer algo más comercial y no les sale. Entonces se paran en la vereda donde pueden tirar piedras y decir cosas pero les gustaría que algún día les entrara algún dinero.

También pasó que productores del teatro comercial empezaron a mirar más atentamente a las producciones del off y a convocar gente de ese ámbito. Y eso permitió estar en un lugar prestigioso y rentable al mismo tiempo.

La televisión está en las casas de todos y por eso no se puede negar como posibilidad económica ni expresiva. Para mí, la televisión no limita mi capacidad de expresión sino que, al contrario, acentúa algunas percepciones que en el teatro están diluidas en el tiempo. La TV propone resolver rápido porque prácticamente no se ensaya ni se acuerda nada. Y sin embargo, se producen momentos y estados de actuación que a veces son más brillantes que los de muchas obras. Las posibilidades expresivas se encuentran en los diferentes lenguajes y hay que saber aprovecharlas sin hacerse cruces ni pensar que se le vendió el alma al diablo. Y si la incursión de actores esencialmente teatrales en la televisión resulta atractivo y conmovedor, o provoca curiosidad en la gente de ver cosas a las que no está acostumbrada, enhorabuena. Yo creo que si hay algo que no somos los actores es estrategas. Lo que hay son sensaciones que uno percibe por olfato o por ganas. Y esas mixturas están buenas. Si no, que alguien me responda por qué Daniel Grinbank, que trajo a Madonna y a los Rolling Stones, ahora está tan declaradamente lanzado a producir teatro.

Y sentar a actrices a hablar en sillas (risas).

Es que termina con una obra y ya está con otra con una avidez… Yo lo he frecuentado algo y me parece un tipo de lo más sensible e inteligente y que está como un chico grande entusiasmado con esto. Y creo que lo que ve, además del negocio, es la posibilidad del teatro y la convocatoria que tienen los actores argentinos.

El pasado

Por Malala González

Un ciclo

Hace un par meses junto con Andrés Binetti pensamos en realizar un ciclo de proyecciones de obras filmadas, cuyo objetivo era capturar algo del teatro producido en los 90. Teníamos ganas de volver a presenciar −aunque tan sólo fuese por el breve lapso de una hora, u hora y media− una obra de la que se hubiese hablado mucho y que nos hubiésemos perdido, o que tan sólo pudiéramos volver a contemplar en calidad de espectadores. Algo mágico como el teatro, un “como si” fuese una función teatral real, aun sabiendo que se trataba de una filmación; y que nos permitía, de algún modo, la posibilidad (una vez más) de tener sobre la escena un Periférico con Máquina Hamlet, un Pavlovsky con Rojos globos rojos, un Bartis con un Pecado que no se puede nombrar, entre otros teatristas consagrados en aquella década. La propuesta, entonces, era simple: volver a ver –o ver en caso de no haber visto– alguna “obra-mito” para nuestra historia teatral y como teatristas, realizadores, críticos, o investigadores del área, nos veíamos motivados por repetir tal experiencia, sabiendo que no era “la obra”, sino tan sólo un registro posible dentro de los desplegados en la función real. Pensamos un día al mes para hacer “memoria teatral”, una tarde de domingo. Fue entonces, que la Audiovideoteca de Buenos Aires nos dio su apoyo y nos facilitó el material para llevar adelante el encuentro (sin fines de lucro y a todo pulmón) en nuestra querida sala Anfitrión de la calle Venezuela.

La nota

Tiempo después apareció la posibilidad de esta nota. Pensar en la última década, de 2000 para acá, teniendo presente la década precedente. Algo de todo esto se unía. Algunas reflexiones surgidas en torno al ciclo volvía a mi mente. Era pensar qué había pasado en estos casi diez años transcurridos luego de 2001. Pero la clave era preguntarles a quienes se habían lanzado a dirigir o escribir dentro de esta década (entre ellos el propio Binetti). Es decir, indagar en los directores y dramaturgos qué teatro visto los había motivado a convertirse (en carne propia) y ser parte de la escena teatral contemporánea.

Así las preguntas eran: ¿cuáles habían sido las obras que les inspiraron ganas de hacer teatro?, ¿qué de ellas los había movilizado y contagiado? Maruja Bustamante, José María Muscari, Santiago Loza, Mariana Chaud, Santiago Gobernori, Juan Pablo Gómez y Andrés Binetti fueron los que se animaron a responder. En muchas de sus respuestas, algunas de las proyecciones efectuadas durante el ciclo mencionado coincidieron. Asimismo, desde sus memorias nos ayudaron a rescatar del arcón de los recuerdos algunas joyitas de los 90 tales como: La noche en vela, de Paco Giménez; Cámara Gesell y Máquina Hamlet, por El Periférico de Objetos; las puestas de Ure de Los invertidos y de En familia; las presentaciones de Las Gambas al Ajillo; Potestad y Rojos globos rojos, de Pavlovsky; las inolvidables Postales argentinas de Bartis y sus producciones siguientes como Muñeca, Hamlet y El pecado que no se puede nombrar; las Mujeres de carne podrida, de Muscari y las puestas de Norman Briski, Pompeyo Audivert y las de La pista 4.

Por otro lado, hacer memoria del pasado reciente también dio lugar para recordar varias puestas realizadas por sus contemporáneos, tales como: el Ciclo Biodrama (entre ellas Nunca estuviste tan adorable, de Javier Daulte y La forma que se despliega, de Veronese); Mujeres soñaron caballos, de Daniel Veronese; Cachetazo de campo, de Federico León; Fractal, La modestia y La estupidez, de Spregelburd; Ars higiénica, de Ciro Zorzoli; Secreto y Malibú de Diana Szeinblum; Lote 77, de Marcelo Mininno; Reflejos de Matías Feldman; La omisión de la familia Coleman, de Claudio Tolcachir; El niño argentino y Ala de criados, de Mauricio Kartun; El aliento, de Bernardo Cappa; Algo de ruido hace, de Romina Paula y las más recientes Mi vida después, de Lola Arias y El pasado es un animal grotesco, de Mariano Pensotti.

Ahora bien, luego de leer todas las respuestas, y los espectáculos mencionados por cada uno, me ocurre algo similar a lo motivado por el ciclo de proyecciones: ganas de volver a tener esas obras dentro de la cartelera teatral actual. Ganas de ver teatro, aquel teatro. Recuerdos, memoria y esencias algo distintas. Sin embargo, ocurre que en el panorama actual también existen posibilidades de ver obras singulares, que seguramente podrán ser recordadas en el futuro. Vale mencionar que estos mismos teatristas entrevistados han dejado sus huellas en la última década: el Budín inglés, de Chaud, las múltiples producciones de Muscari, Un hueco en el vestuario del Estrella de Maldonado de Gómez, Llanto de perro y La piojera o un procedimiento justicialista de Binetti, Nada del amor me produce envidia, de Loza, o Adela está cazando patos, de Maruja Bustamante, o el Deus ex machina de Gobernori, entre otras tantas obras que forman parte de este crisol teatral del nuevo siglo.

Podría, entonces, resaltar las motivaciones que cada uno de los entrevistados ha citado como interés a la hora de hacer, dirigir o escribir teatro: si a Muscari no le motiva “contar cosas”, sino “explorar mundos, descarnar relaciones” o internarse en sus propias obsesiones y compartirlas, aportando fiesta a la “a veces solemne y aburrida dramaturgia argentina”; a Chaud le interesó alejarse de pequeñas historias para animarse con algo de historia autóctona, aun cuando sean futuros proyectos los que la convoquen a historias mínimas nuevamente. Esto mismo invita a Loza a contar historias chiquitas, pero no por eso menos intensas o interesantes. A Maruja también le gusta contar emociones, desde lo poético y lo plástico, donde pensar en el público que va a asistir sigue tornándose fundamental. A Gobernori lo motiva la actuación, para contar desde y a partir de ella, es decir desde su intensidad inherente. En Gómez aparece la posibilidad de generar desde la ficción, una experiencia total provocada mediante la integridad que rodea y constituye a todo hecho teatral. Y a Binetti lo estimula seguir trabajando en torno a un teatro de lo político, sin caer en lo pedagógico o moral; como también repensar ciertas formas colectivas de grupo y contar desde ello.

Una década, un final

Me resta decir, antes de pasar a las respuestas propiamente dichas, y a modo de reflexión sobre la década que nos convoca que, sin duda, ésta ha sido muy distinta de los 90. ¡Ojo! Ni mejor, ni peor, pero sí diferente. El fin de los grandes relatos, para pasar a ser autobiográfico, pequeño o fragmentado aparece recurrentemente desde la unión de la vida con el drama, desde lo biodramático, o desde lo posdramático. Las nuevas formas de contar, de escribir, de dirigir, o bien las salas más chiquitas, las salas en casa, en el living de casa, las historias de familias, de parejas, disfuncionales, funcionales… Todo ello forma parte de esta década que termina. Es decir, si en algún momento pensábamos en proyectar filmaciones de obras pasadas, volver a ver lo pasado vivido durante los 90, tenía que ver con rescatar aquellos modos de producir poéticas auténticas como modos de contar teatro de manera singular. Por suerte, sigue habiendo ejemplos de esta especie. Luego de 2001 el país siguió produciendo teatro como fuere. Las ganas nunca se terminaron, estos nuevos teatristas se animaron a contar un hacer propio. La función, entonces, nunca dejó de acontecer, aunque se tuvieran que correr los muebles de casa para armar un escenario doméstico y/o pedir silencio por los pasillos cuando la gente entraba como vecino-espectador al departamento convertido (ahora) en sala teatral. Creo que la clave ha sido la diversidad, y dentro de ella el augurio de encontrar calidad por sobre cantidad en las vastas y múltiples producciones que semana tras semana nos inundan como propuesta teatral.

Y si pensar el pasado es también reflexionar en torno al futuro posible, podríamos buscar en los recuerdos de las obras que hemos vivido aquellos elementos sobre los cuales se asientan nuestras motivaciones e inquietudes, ésas que nos rodean cuando vamos al teatro. Es decir, hacer memoria también se vuelve una invitación a capturar los recuerdos que convocamos (una y otra vez) cuando volvemos a ser espectadores. Entonces, hacer memoria, sí. Y también a reflexionar y encontrar los propios paradigmas que nos conforman en tanto “sujetos-espectadores”. Paradigmas personales que nos brindan las competencias necesarias para seguir siendo, década tras década, habitués y consumidores de este arte llamado teatro. Una invitación, una reflexión para que pensemos nosotros mismos: ¿por qué vamos al teatro? ¿Qué buscamos o esperamos encontrar? O simplemente qué sensación auguramos a la hora de planificar nuestra agenda en torno a “¿qué obra voy a ver hoy?”. Incluso, proyectando aun más, qué hará posible que esa obra deje sus huellas y memorias en las próximas décadas… En definitiva preguntas y más preguntas. Pasemos mejor a las respuestas obtenidas:

Artistas encuestados: José María Muscari, Maruja Bustamante, Santiago Loza, Mariana Chaud, Santiago Gobernori, Juan Pablo Gómez y Andrés Binetti.

Preguntas:

1) Sobre los 90

A) ¿Qué obras y qué teatristas los influenciaron?

B) ¿Qué obra no vieron y se perdieron y les hubiese gustado ver? Y sobre ese punto: ¿Por qué creen que fue así? ¿Qué de aquel suceso noventoso pudo haber llamado la atención y qué de todo eso fue continuado luego de 2000? Tal vez sería pensar en puestas que habiendo sido vistas, o no, pudieron haber creado un mito a su alrededor.

2) De 2000 para acá:

A) ¿Qué paradigmas teatrales observan en las propias obras y en sus contemporáneos?

B) ¿Cómo fue producir de 2000 para acá? ¿Qué diferencias encuentran con la década anterior? (en todo sentido: público, condiciones de producción, salas, formación, etc.).

C) ¿Qué obras consideran que han sido importantes en estos años recientes?

D) ¿Qué les interesa contar hoy, en 2010, sobre el escenario?

JOSÉ MARÍA MUSCARI

1. A. Básicamente Paco Giménez y su grupo La noche en vela, especialmente con el espectáculo La noche en vela, en el sótano del teatro IFT, allá por los 90. Lo vi unas quince veces. También todo el teatro de Alberto Ure, especialmente Los invertidos, en el San Martín y En familia, en el Cervantes. Estas obras dejaron una clara marca en mí, de libertad expresiva y campo poético personal, propio.

1. B. No vi la anunciada vuelta de las Gambas al ajillo en los 90, que hicieron Gambas Gauchas, con dirección de Helena Tritek y la participación del Puma Goity. Las Gambas fueron un mito y creo que por ser un grupo de mujeres causaron especial fascinación en mí, desde todo lo que escuché de ellas. De hecho, a varias, especialmente a Alejandra Flechtner y Verónica Llinás, siempre las admiré por arriesgadas y pasionales en la actuación.

2. A. Mi mayor paradigma es ser un hijo total de la libertad de expresión, de la democracia y de la decadente época de Menem y su pizza con champán. Creo que eso atraviesa mi obra. Me resulta inconcebible pensar en la censura o la metáfora poética, no como elección, sino como único camino para hablar de lo que deseo. Creo que ser un hijo de la libertad signó mi trabajo, lo volvió tan falto de prejuicios para abarcar temas, actores, conceptos, mecanismos de producción y decisiones estéticas.

2. B. En mi caso de 2000 hacia acá me adulticé: tengo 33 años, por lo cual en los 90 yo era un púber teatral, probando cosas, que ahora sigo probando de manera más deliberada, más sesuda, más personal. Antes era puro impulso, pura hormona teatral. También creo que en los 90 los pruritos para el on y el off eran mayores. Hoy ya todo está muy mezclado y lo festejo. Lo festejo mucho.

2. C. Nunca estuviste tan adorable, el proyecto Biodrama en sí, como ciclo. Mujeres soñaron caballos, de Veronese y su mágico grupo de actores pioneros. Potestad, por Tato Pavlovsky; Cachetazo de campo, de Federico León. Esas obras me dejaron marcas.

2. D. No busco contar cosas, intento explorar mundos, descarnar relaciones, internarme en mis propias obsesiones y compartirlas. Exponer mi interna integridad. Mi teatro no persigue contar sino acontecer. Me deja muy contento mi humilde lugar de aportar fiesta a la a veces solemne y aburrida dramaturgia argentina.

MARIANA CHAUD

1. A. Muchas: La noche en vela de Paco Giménez, Muñeca y El pecado que no se puede nombrar de Ricardo Bartis (me impresionaron mucho las actuaciones), Dos personas diferentes dicen hace buen tiempo de Andrea Garrote y Rafael Spregelburd, Raspando la cruz de Rafael Spregelburd, Cachetazo de campo de Federico León (Jimena Anganuzi y Paula Ituriza estaban increíbles), Corazones maduros del grupo El descueve, Máquina Hamlet de El Periférico de Objetos, De cómo ni se intenta hablar de lo sucedido del grupo Los susodichos dirigido por Nora Moseinco, Salsipuedes de Ciro Zorzoli con la actuación de José María Muscari, Mujeres de carne podrida de José María Muscari (actrices espectaculares como Lola Berthet, Paola Barrientos, Moro Anghileri, Mayra Omar) y Carne patria de Pompeyo Audivert (todos geniales) entre otras.

1. B. Hamlet y Postales argentinas dirigidas por Ricardo Bartis. Siento que me perdí el suceso teatral de la década…. Siempre me pesó no haber visto esas dos obras y me pesa cuando me dicen “ya lo hizo Bartis en…”. La modestia de Rafael Spregelburd. Llegué tarde a verla ¡dos veces! Estoy segura de que me hubiera encantado. Disfruto mucho de sus espectáculos. Siento que están hechos para mí. Es algo que me pasa mucho con los libros y pocas veces con obras de teatro. Vi La estupidez como tres veces.

2. A. B. La mayor parte de mi producción fue de 2000 para acá. Antes de eso sólo actuaba o escribía pero de todos modos siento que no cambió mucho el panorama. Hoy tengo que producir un espectáculo nuevo y estoy en las mismas condiciones que cuando hice mi primera obra a menos que sea en el Teatro San Martín, pero en el teatro independiente para mí es lo mismo. Algunos directores y autores cuentan con subsidios de festivales europeos y eso cambia un poco las condiciones de producción, pero no es mi caso.

2. C. Nunca estuviste tan adorable de Javier Daulte, La estupidez de Rafael Spregelburd, las dos obras de Chejov versionadas por Daniel Veronese. Toda la producción de Santiago Gobernori. Reflejos de Matías Feldman. El adolescente de Federico León, Mi vida después de Lola Arias, El pasado es un animal grotesco de Mariano Pensotti. La omisión de la familia Coleman de Claudio Tolcachir. Ala de criados de Mauricio Kartun y Los talentos de Walter Jacob y Agustín Mendilaharzu. Seguramente muchas otras que ahora no recuerdo.

2. D. En mi última obra, Los sueños de Cohanaco, quería alejarme de las historias íntimas, pequeñas y familiares que veo predominantes sobre el escenario y para eso me metí con una historia de indios tehuelches en la Patagonia a mediados del siglo XIX, algo así como una mega producción. Lo que ahora estoy escribiendo es otra vez de carácter más íntimo, son menos personajes, la trama es más sencilla, hay un único salto temporal pero más allá de eso la teatralidad está puesta en los diálogos, en la convivencia de estos tres personajes. La obra la dirige Laura López Moyano.

SANTIAGO LOZA

1. A. No sé si hay una influencia directa, pero sí un impacto profundo en algunas obras que pude ver en esos años. Entre las del Periférico de Objetos, recuerdo Cámara Gesell y sobre todo Máquina Hamlet. De Pavlovsky, Rojos Globos Rojos y La muerte de Marguerite Duras. Había visto antes de los 90, en Córdoba, una función imborrable de Potestad. También a Bartis con El pecado que no se puede nombrar.

1. B. No pude ver las puestas de Federico León, ni Cachetazo de campo ni Mil quinientos metros sobre el nivel de Jack. Leí esos textos y escuché hablar mucho sobre las puestas. No sé si puedo analizar con mi escaso conocimiento que continuó después de 2000. Más de la mitad de los 90 estuve en Córdoba. Allá, claramente la actividad teatral giraba en torno a Paco Giménez y La Cochera. Eso perdura aún hoy. Luego se sumó gente nueva, actores, directores, dramaturgos, pero él marcó algo. Supongo que en Buenos Aires es diferente. Me cuesta analizar el panorama del presente. Creo que la crisis de 2001 partió la realidad, también la cultura, lo pude ver en el cine, y el teatro no es ajeno. Se multiplicaron las salas. Los espacios alternativos. Y muchos autores y directores continuaron. Algunos comenzaron a producir para el teatro comercial, la televisión: eso significa la posibilidad de pasar del margen a los lugares de consumo público. Me parece que en los 90 hubo espectáculos increíbles, muchos que me perdí. Pero no tengo nostalgia del pasado. No me parece interesante que aquellas obras queden en un lugar mítico. Las limita.

2. A.B.C. Las obras de Bartis me siguen conmoviendo. La forma que se despliega de Veronese. Me interesó cómo funcionaba a varios niveles diferentes Nunca estuviste tan adorable de Daulte, Ala de Criados de Mauricio Kartun me parece una obra enorme, compleja, El tiempo todo entero de Romina Paula de lo último que vi, junto a Mi vida después de Lola Arias. Estoy siendo injusto con muchas obras y autores que ahora no me vienen a la memoria.

2. D. En lo personal, lo que me interesa contar es lo que está en las obras que se están haciendo o se preparan. Las tres que hay en cartel con textos míos, Nada del amor me produce envidia, Asco y La vida terrenal. Son obras que me representan, que me siguen importando. Supongo que responden a este presente, a ciertas necesidades o necedades. Ahí están. Me interesan en su pequeñez. Y siento que algo que se enuncia en esas obras se irá continuando en el futuro, en otras, como una cadena. Una línea que no sé a dónde va, pero que sigue.

MARUJA BUSTAMANTE

1. A. Creo que hay obras que me hicieron pensar sobre la forma y el espacio. Cinco puertas de Pacheco, Mujeres de carne podrida de Muscari. Después siempre me impacta la dramaturgia de Spregelburd y Daulte. La poética de Tantanian. Lo que logra con los actores Veronese: algo del ingreso de una coloquialidad joven me mostró un camino donde me sentía con posibilidades de poder hablar con mi propia voz. Vi mucho teatro comercial de chica. Buenos infantiles, cultos. Midón nos dio sus mejores años a mi generación. Creo que abrir las puertas del conservatorio para que otras cabezas aporten sus ideas fue un gran acierto, porque cuando uno estudia se entrega y eso ayuda a alguien que está experimentando, probando fuera del canon. Espero que eso no se haya cristalizado ahora. Sí siento que se generó un ansia de éxito (viajar, ser aprobado por la prensa grande, reconocido por los pares y los maestros, pertenecer a una elite, etc.), no en ellos sino en los que vinieron después.

1. B. Me hubiese gustado ver una que estaba en Babilonia, Abasto en Sangre..., pensaba qué bueno que haya algo de terror. La gente se divertía, quería ir. Recuerdo una prima mía que había ido mucho al Parakultural me decía qué buena que estaba esa obra. No sé porque nunca me llevó, por ahí creyó que no me iba a interesar. A veces, el prejuicio ajeno te aleja sin que te enteres de cosas que podían interesarte. Carne Patria y Cachetazo de campo me dieron en el alma, creo que esa rispidez... No sé, hubiera querido volver a ver esas obras porque en el momento y con la edad que tenía no alcancé a comprender bien. Casi diría que no las vi, pero comprendí la angustia. Desafortunadamente me identifico con el sufrimiento y lo oscuro muchas veces, y más en mi tardía adolescencia. Un estado en el que muchos de mi edad nos vemos y vimos inmersos.

Creo que en el año 2000 se consolidó la puesta extremadamente prolija, for export, de excelencia internacional. A eso ayudó el intercambio de culturas, infiero. Por esa época, Ars Higiénica me cacheteó, era perfecta, salí turbada.

2. A. La economía y su relación con el individuo, la familia (que siempre es disfuncional), las ocurrencias vinculadas al humor, el enrarecimiento y la búsqueda de dispositivos. Esto pensando en mis contemporáneos de Buenos Aires. Creo que hay algo en común que es distanciarse de la teatralidad, algo que no me interesa en particular, pero que sucede. Para mí está bueno hacer teatro “a la teatro”. Otra cosa en común puede ser el uso de tecnología y el diálogo breve. De todos modos es muy difícil hacer un recorte.

2. B. Es más difícil por un tema central: los medios de producción. No hay dinero. Creo que el público creció un poco pero todavía con eso tenemos un trabajo arduo que es el de acercar a la gente a las salas. Necesitamos que vengan para que las obras tengan continuidad y no parezcan proyectos aislados. Salas hay más pero también hay mucha más demanda de salas: esto genera situaciones de exclusión de lo desconocido o lo nuevo, infiero, porque sostener una sala no es moco de pavo y se apunta a lo seguro. No hay muchos lugares para probar, espacios donde se pueda errar, y muchas personas desean y necesitan foguearse. El tema formación es extraño: al haber demanda aparecen escuelas interesantes pero también cazadores de fortunas. El tema dinero también vincula el teatro independiente con los famosos y el posible éxito que éstos puedan otorgar. Aparece como un falso camino a la fama. Creo que la gran diferencia es que es inasible la cantidad de grupos y cómo se desarrolla su actividad. Creo que los que vinimos después de los 90 tenemos la responsabilidad de “ser mejores” o romper con algo y no sé si esto es posible. Esta neblina no le ocurre sólo al teatro, también sucede en otras artes. Es la incertidumbre que da encarar un nuevo proyecto cuando el anterior fue muy legitimado. La presión puede marearnos. A mí me marea.

2. C. El aliento de Bernardo Cappa, Algo de ruido hace de Romina Paula, Lote 77 de Marcelo Minino, La estupidez de Rafael Spregelburd, El niño argentino de Mauricio Kartun, Espía una mujer que se mata de Daniel Veronese, El trompo metálico de Heidi Steinhardt.

2. D. Me interesan las emociones. La verdad en la actuación y la plástica en la puesta. Lo musical. La idea de actriz y actor nacional, ese que tiene oficio y verdad a la vez. Y la puesta en escena falsa y plástica. Me interesa contar historias. Me interesa también difundir poesía. Me interesa lo mágico, lo místico y el compromiso con lo que sucede a mi alrededor. Me interesa el público y tratar de llegar a él.

SANTIAGO GOBERNORI

1. A. El pecado que no se puede nombrar de Bartis, La modestia de Spregelburd, Cachetazo de campo de León, Faros de color de Daulte, Máquina Hamlet del Periférico. Me influenciaron, Bartis, Spregelburd, Daulte, Kartun, Veronese, Tantanian.

1. B. No era específicamente un director de los noventa pero me hubiera gustado ver el teatro de Ure. Conocer su forma de trabajo. Tampoco vi mucho de Briski y Pompeyo Audivert, y fueron muy importantes en esa década. Creo que en los 90 era más clara la ruptura estética con el teatro preexistente y había una diferencia más marcada entre el teatro independiente y el comercial por ejemplo. Hoy creo que no es tan notoria esa diferencia.

2. A. Nuestra generación tuvo que reconstruirse, reinventarse, luego de la anterior, y si hay algo que la caracteriza, creo que es justamente la falta de un patrón que las reúna. Y me parece un valor dentro de mis contemporáneos. Hoy conviven estéticas muy distintas, y cada director puede cambiar bastante entre trabajo y trabajo. Eso me parece saludable.

2. B. Como decía antes, creo que la línea que divide lo independiente de lo comercial está cada vez más borrosa. El teatro independiente está cada vez más preocupado por el éxito. Apareció la figura del agente de prensa, por ejemplo, que antes, cuando yo empecé, era una idea casi sacrílega dentro del teatro independiente. También hoy hay muchas más obras que en los 90 y el público no puede acceder a toda la oferta, por lo cual pasa que mucha gente que hace teatro no conoce a directores que, a pesar de ser jóvenes, están trabajando hace mucho.

2. C. Reflejos de Feldman, Un Hueco de Juan Pablo Gómez, Yo en el Futuro de León, Mi vida después de Lola Arias. El pasado es un animal grotesco de Pensotti, 124 de Drolas, Blanco, Repeto y Tur. Entre otras.

2. D. Me interesa cada vez más la actuación. Más allá de los temas. Quizá la tendencia, últimamente, es volver a la estructura clásica, que la narración sea clara. Pero para eso me parece fundamental la actuación. La intensidad actoral. Creo que si el teatro independiente no defiende cierto lugar de prueba, de particularidad, tiene más para perder que para ganar.

JUAN PABLO GÓMEZ

1.A. Empecé a estudiar actuación en el año 94 y como muchos estudiantes no tenía gran idea de qué se podía ver en el teatro, ni siquiera tenía idea de que eso podía resultar beneficioso para mí como actor. Mi etapa de visionado sistemático de obras de teatro comenzó (hoy se ha convertido casi en una especie de manía por ver todo) a partir del 98, por lo que sólo pude percibir el coletazo de esa década de tanta eclosión alrededor del teatro independiente. Mi primera obra (a pesar de que ya había hecho alguna que otra experiencia de dirección) fue Marambio y la dirigí en el convulsionado bienio 2000/2001, por lo que las influencias que recibí en la primera etapa formativa durante los 90, esperaron bastante para ser decantadas en experiencias concretas de puesta en escena. Las voces más fuertes durante todo ese período fueron sin duda las de mis maestros de aquel entonces: Pompeyo Audivert y Ricardo Bartis. Sus clases abarcaban un espectro temático mucho más amplio que el de la actuación para referirse a problemas estéticos, poéticos y de puesta en escena. Con ellos pasé de pensar o ejercitar la actuación, a pensar el hecho teatral en su dimensión más amplia. Cualquiera que haya participado de una clase de alguno de ellos lo sabe: su deriva discursiva pasa rápidamente del comentario técnico a la reflexión estética, pasando por los problemas del discurso del arte en relación a otras series discursivas; el cine, la literatura y, obviamente, la política. Pateando la pelota un poco fuera del ámbito de cierto teatro contemporáneo; una puesta que me impactó en aquella época fue la versión de Arlequino por La banda de la Risa en la desaparecida Fundación Banco Patricios. En ese entonces estaba más cercano al trabajo de la Commedia dell´arte y ese espectáculo con dirección de Claudio Gallardou llevaba el género a un punto muy alto. Otra fue la versión de Máquina Hamlet del Periférico de Objetos en el, todavía, Callejón de los Deseos. La primera edición del FIBA fue otro momento muy alto en la escena local. Ahí tuve la oportunidad de ver otro clásico del teatro moderno: La resistible ascensión de Arturo Ui por el Berliner Ensamble con el genial Martin Wutke (ver su arrollador Hitler en Inglorious Basterds de Tarantino) en el papel de Arturo Ui ¡y con la dirección de Heiner Müller! Un dream team del teatro europeo, tremendo... A pesar de que ninguna de estas obras se asemeja a lo que busco en mi trabajo (con varios años de diferencia la una de la otra) me significaron una ampliación del horizonte que tenía en ese momento, sobre qué podía llegar a ser el teatro. En mi mente juvenil fue como haber estado jugando al básquet con los amigos del club y de pronto ver un partido de los Globetrotter. Un gran “Aaahhhh” se dibujó en mi cabeza.

1. B. La primera obra que se me viene a la cabeza como gran ausencia en mi “teatroteca” es El pecado que no se puede nombrar de Ricardo Bartis estrenada en el San Martín en el 98. Todavía me arrepiento de, habiendo podido asistir, no haber visto esa puesta que fue una clara bisagra para toda mi generación y el punto más alto de la estética que Bartis venía trabajando hasta ese momento. A partir de ese momento me juré no volver a dejar pasar una obra de teatro que juzgara relevante. Tampoco vi nada del trabajo de La pista 4. Me hubiera gustado ver especialmente su trabajo sobre Cadáveres de Néstor Perlongher, un autor al que admiro mucho. Estas ausencias pude remediarlas en parte viendo videos en la antigua videoteca del Centro Cultural San Martín. La del registro audiovisual y su ordenada clasificación para las generaciones futuras es una herramienta valiosísima que no siempre se tiene en cuenta y que desde los ámbitos estatales se encuentra muy abandonada. Hacia el año 98 me había vuelto un fanático de la videoteca y así pude ver la mencionada El pecado..., Hamlet o la guerra de los teatros también de Bartis; Wielepole Wielepole y La clase muerta, puestas fundacionales de Tadeuz Kantor en su visita al Teatro San Martín en el año 1987. Viendo los registros de esas obras se entiende bastante cierta “desintegración” del concepto de puesta en escena que empieza a ganar peso en los creadores locales a partir de esa época.

Los años noventa estuvieron marcados por el comienzo o consolidación de distintas voces autorales más que por una marca generacional que unificara las distintas poéticas, pero fueron muy reveladoras para mí: Cachetazo de campo de Fede León en el Recoleta, Raspando la Cruz de Rafael Spregelburd y ya en el filo del año 2000, Secreto y Malibú de Diana Szeinblum. Cada una, en su línea, marcó a mucha gente que empezó a producir a partir del nuevo milenio. Alguien a quien seguía con atención en aquel entonces pero que no produce con tanta constancia (¡no porque sí hacerlo sea un valor en sí mismo!) es Omar Fantini, director de La Caja; trabajo fundacional de Luis Machin y de Ale Catalán que luego proseguiría trabajando esta poética de “imantación” del espectador por parte del actor (su sostenido trabajo docente ha marcado a muchos de los actores que están trabajando en este momento).

2. A. Se ha señalado mucho, hasta casi no significar nada, que en la actualidad no hay paradigmas estéticos rectores, sino que estamos en el estallido de las “micropoéticas”. Esto es cierto en gran medida si se lo compara con movimientos más abarcadores como el realismo del viejo teatro independiente o cierto discurso político de la vieja guardia epitomizada por Teatro Abierto. Sin embargo, gran parte de mi generación ha sido marcada por el renacer de los estudios dramatúrgicos siguiendo una línea Monti/Kartun/Spregelburd. Principalmente por la influencia de la carrera de Dramaturgia dónde además reviste Alejandro Tantanian. Si bien esta línea no constituye un paradigma homogéneo de construcción de relato, sí arman cierta base en relación a la resolución de conflictos dentro de una obra, la línea narrativa y sostienen en general, la idea de personaje. Digamos que son la resistencia del “autor nacional” frente al avance del llamado teatro posdramático que viene de mano de los autores europeos y su principal usina de difusión en Buenos Aires: el Goethe Institut. En términos actorales Ricardo Bartis sigue siendo “la” gran influencia a pesar de haber sido matizada por muchos otros maestros. Con esto no quiero decir que los actores que se mueven dentro del ámbito independiente en la actualidad actúen “a lo Bartis”. Sino que el director del Sportivo difundió una forma de entender y pensar la actuación (como dramaturgia del cuerpo actoral, como generador de signo poético dentro, transversalmente y, a veces, en contra de la obra) que marcó a mi generación. Más allá de que el tipo de actor bartisiano (mucha composición física, gestos ampulosos, cierta dicción canyengue) esté en baja, su forma de entender la relación actor-escena sigue siendo, a mi entender, muy eficaz.

2. B. En estos últimos diez años la fisonomía de la escena porteña ha cambiado mucho. Se ha constituido un pequeño sistema de circulación, exhibición y consagración de obras y artistas que merece un estudio aparte. Esto ha traído muchos problemas y algunos beneficios. El sistema se ha profesionalizado más en la parte de difusión y exhibición que en la producción de obras, que todavía son sostenidas a pulmón y tozudez por los artistas. Se han multiplicado las “bocas de expendio” (salas) pero la cantidad de obras se ha centuplicado, por lo que los lugares de exhibición siguen siendo un bien escaso. Creo que se ha llegado a un volumen de producción y profesionalización de los artistas que amerita un nuevo contrato de cómo se fomenta la actividad desde el Estado y en cómo se sostiene también desde dentro.

2. C. En los últimos años vi todo el teatro que pude, al punto que me es difícil recordar ya nada. Se ha convertido en mi cabeza en una escena indiferenciada, como si todos los actores que recuerdo hubieran actuado juntos y sobre el mismo gran escenario. En este fondo se recortan algunas cimas estéticas dentro de la línea de cada creador que, a mi entender, cierran algunas cuestiones procedimentales o temáticas. Obras que uno debe ver antes de encarar ciertos temas, so pena de inventar la pólvora. Tanto Bizarra, una saga argentina como La estupidez, ambas de Spregelburd marcan un punto de no retorno en su poética. Obras desproporcionadas, enormes, llenas de una imaginación poderosa e irreverente que ponen muy alto la vara de la comicidad inteligente, del ingenio. Si a partir de ahí, algún dramaturgo quiere ser ingenioso debería ver primero estas obras y pensarlo dos veces.

El adolescente de Federico León zanja para mi gusto el tema de la actuación adolescente en una obra adulta. La juventud de sus protagonistas no es un recurso o una nota de color sino que de ellos toma la obra, su energía cruda, brutal, cortada con los dientes.

Mucho más recientemente, Mi vida después, dirigida por Lola Arias y construida con los relatos de los actores/sujetos biográficos liquida dos cuestiones en un solo movimiento: reflexiona sobre el tema de los desaparecidos desde una perspectiva verdaderamente artística, alejando el tema de la solemnidad de otros tratamientos y cierra un ciclo de “biodrama” con el drama vital más importante de nuestra historia, volviendo banales hasta la risa otros intentos del ciclo, como escenificar la vida de una fisicoculturista, por poner un ejemplo. También en cartel, Reflejos de Matías Feldman muestra la maduración de él como escritor y de cierta dramaturgia, muy apoyada en el texto; alejada del difundido concepto de dramaturgia del actor.

Rodando de Alejandro Acobino y Nada del amor me produce envidia de Santiago Loza y dirección de Diego Lerman hicieron estallar en mil pedazos cierto prejuicio que tenía en relación a construir “obra” a partir de un monólogo. Tanto Germán Rodríguez en la primera como María Merlino en la segunda constituyen una escena completa, una curva dramática densa que se aleja mucho y bien, de la idea del monólogo como subgénero.

2. D. Tengo algunas ficciones en la cabeza y me gustaría llevarlas al escenario pero sobre todo agrandando la experiencia teatral. Tener a disposición una sala más grande y con recursos para realizar una puesta más ambiciosa. También me interesa seguir generando ficción fuera del “edificio-teatro”. Creo que no son las historias lo que llevará al público a la sala, más allá de qué cosa uno narre a nivel personal, sino la experiencia total.

ANDRÉS BINETTI

1. A. En principio creo que me influenciaron mucho las obras que vi durante los FIBA, El Periférico de Objetos, Pavlovsky, La Zaranda. Las obras del Teatro de los Andes (sobre todo Las abarcas del tiempo y Graffiti), Secreto y Malibú, de Diana Szeinblum, Un cuento alemán de Alejandro Tantanian, Nocturno indú de Izcovich y En los zaguanes ángeles muertos, de Félix Alberto. Creo que lo que más me influenció como director, son las poéticas de Paco Giménez, Daniel Veronese, Ricardo Bartis.

1. B. Muchísimas, las que recuerdo ahora son: Murx, (que vino a un FIBA, no recuerdo cuál). Las obras de Alberto Ure, las de Jaime Kogan. Alguna de La pista 4, los Textos por asalto del Sportivo teatral, La Fura dels Baus y Uno de La Cochera. Pienso que en la década del 90 era más difícil conectarse con materiales no tan conocidos. Recuerdo como una experiencia muy extraña y maravillosa haber visto Máquina Hamlet, o El manjar de los dioses (se hacía un asado en escena, hoy algo impensado), por ejemplo. Tal vez tenga que ver con que en esa época estaba recién empezando mi primer taller de actuación y tenía una idea mucho más conservadora del teatro. Entiendo que la década del 90 funcionó como formalizadora de ciertos procedimientos de actuación y puesta en escena en oposición a otros que se leían como más conservadores y estables. Es una década que se apropia del desparpajo de la posdictadura y lo transforma en sistema de producción. En este sentido nuestra generación está signada por la desaparición de esa confrontación. Y lo que se produce es una multiplicidad. Si la década del 90 fue una década que dio cuenta de la formación de referentes fuertes (G.T.L., Periférico de Objetos, Sportivo teatral, La Cochera, La pista 4) hoy esto se ha diversificado. Esto se ve en la desaparición de los grupos. La década del 90 está atravesada aún por la idea de grupos que producen y desarrollan sus estéticas. En nuestra generación esto se diluye, incluso los creadores son muy diferentes en distintos trabajos.

Como míticas pienso en Postales argentinas, del Sportivo; Uno, de La Cochera; Mujeres soñaron caballos, de Veronese; Fractal, de Spregelburd y Cinco puertas del G.T.L.

2. A. No veo que haya paradigmas fuertes, tal vez el paradigma de los años 2000 sea la diversidad. La carencia de estéticas predominantes y en conflicto con otras. Creo que (por suerte) se ha agotado la idea de producción en tanto enfrentamiento tanto estético como generacional.

2. B. La producción de los años 2000 está signada por lo pequeño, lo íntimo, las pequeñas historias y la búsqueda de un nuevo teatro político, o teatro de lo político. Creo que en términos de producción en los 90 se arriesgaba más y se producía menos. En esta última década se produjo un gran crecimiento en términos de cantidad de producción. Se acortaron las temporadas Y probablemente se haya desmejorado la calidad de los espectáculos en función de la cantidad.

2. C. Siempre nombrar algunas es dejar afuera otras que a lo mejor son tan o más importantes, pero de las que recuerdo en este momento que me conmovieron profundamente: Mujeres soñaron caballos y Open house, de Daniel Veronese; De mal en peor de Bartis; Temperley de Tantanian/Suardi; Ala de criados de Mauricio Kartun; A mamá de Cacace; Mendiolaza del grupo Krapp, Ars higiénica de Ciro Zorzoli; Todos contentos de El descueve; Foz de Alejandro Catalán; La fuerza de la costumbre de Tomas Bernhard, dirigida por Pompeyo Audivert.

2. D. Me interesa trabajar sobre un teatro de lo político, encontrar formas que den cuenta de la realidad sin volverse pedagógicas o morales. Pienso que es un buen momento para empezar a repensar la idea de grupo como generador de discurso. Contar algo de esto estaría muy bien.